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Reloj De Arena

--Reloj de Arena – (Cuento N° 15)

Durante años una pareja vivía en la mejor casa de un pueblo, producto de una herencia recibida por parte de los padres de la señora. La mujer como era su costumbre se ocupaba obsesivamente a los quehaceres diarios de la casa, así mismo de la buena administración de sus bienes.

El marido era cosa opuesta, jamás movía un dedo para ayudarla en los oficios y diligencias de la administración de las propiedades. Tampoco cumplía con sus obligaciones conyugales.

Se levantaba con una gran repugnancia y malhumor por tener que hacerlo. El resto del día lo pasaba, meciéndose en una cómoda perezosa momposina, fumando finos cigarrillos y tomando buenos vinos.

A cada instante detenía su indiferente mirada en su mujer que sudaba con un pañuelo atado a la cabeza, las varices de sus piernas a punto de estallar, barriendo y trapeando silenciosamente toda la casa sin fatigarse. Pese a las miradas estrábicas de su marido, ella no tenía el ánimo de reprocharle ni decirle nada. El temor que le infundía su marido se hacía cada vez mayor, hasta el extremo de no atreverse a decirle algo.

En su mente día y noche los apremios de la rabia eran mayores, se cruzaban y revolvían pensamientos para resolver el problema de su vida conyugal, sin atreverse a escoger uno de ellos, como una decisión inapelable.

Pero una intuición extraña le rondaba en su cabeza siempre que pasaba frente a una alacena decorada con un lujoso reloj de arena que misteriosamente hacia su función contando con precisión las horas. Una foto sepia de su papá todavía con todas sus partes robustas. También una figura de yeso representando a San Miguel Arcángel encima del “cachudo”, y muchas porcelanas más. No podía explicarse por qué sentía tanto embelesamiento observar todos los objetos, era un misterioso fenómeno que se mezclaba de una forma mágica con lo que la desesperaba. Ahí estaba lo que buscaba,…¿Pero qué era?

Pasaba el tiempo y los problemas seguían. Una noche la señora se levantó sudada y muy asustada por el ataque de una horrible pesadilla, y corrió sin saber que fuerza la llevó hasta la alacena donde reposaba la foto del papá, la efigie de San Miguel y el reloj de arena. Todo estaba en orden, su papá robusto, el ángel pisando al “cachudo”, y el reloj haciendo incansablemente su trabajo, sin parar un instante.

Tomó en sus manos el reloj y lo observaba detenidamente, maravillada por el trabajo que realizaba el misterioso objeto. Luego se retiró retrocediendo, sintiendo como una idea se le metía en su cabeza, desapareciendo por arte de magia todas las desesperaciones acumuladas por tantos años en su cuerpo.

Amaneció ese día haciendo todos los oficios de la casa tarareando música de vals. Bailaba con el palo de la escoba, luego con el palo del trapero. Se encontraba extrañada con ella misma, se pellizcaba se daba cachetadas para comprobar si en realidad era ella. Pero el más extrañado era su marido, que la miraba desde su acostumbrada mecedora con los ojos muy abiertos, jamás había visto a su mujer cantar y mucho menos bailar --¡Qué estaba sucediendo en su mujer? -- Se preguntaba.

Llegó lo inesperado, por mandato del destino en compinche con el sedentarismo: El hombre amaneció muerto. Una invasión de coágulos sanguíneos le taponó las dos coronarias y otras arterias, un fulminante infarto lo abatió. Pues, con el dolor en el pecho, las náuseas y el sudor frío, no tuvo tiempo de percatar lo que pasaba con su vida. En cierto modo fue para él una muerte gloriosa, porque no tuvo que hacer ningún esfuerzo para alcanzarla.

La mujer muy serena y en silencio se ocupó de las exequias de su marido. Movilizó al muerto a la ciudad más cercana y allí solicitó la cremación. Al regresar vino con las cenizas del marido en un pequeño cofre.

Lo ocurrido alborotó al pueblo que desconocía la nueva alternativa de la disposición final de un muerto. Ya en su casa la mujer sustituyó la arena del reloj por las cenizas del flojo y holgazán, como lo llamaba su mujer.

El nuevo reloj encima de un hermoso tapete ocupo el centro de la alacena, custodiado por la foto del papá y el arcángel San Miguel. Inmediatamente la ceniza humana comenzó a medir el tiempo, cayendo mágicamente del bulbo superior al inferior movido por la energía potencial de la gravedad.

------Ahora si mijito, a trabajar –Se dijo sin hablar y se sentó frente al alucinatorio mecanismo -

La señora prosiguió su vida, ya sin las amarguras. Solamente con la diferencia de que cuando pasaba por el frente del mueble se detenía y lo observaba por horas hasta ver vaciarse las cenizas de su difunto marido en una de las ampollas de vidrio.

------¡Trabaja desgraciado, holgazán…flojo e´mierda!--Con voz amarga e inclemente le ordenaba, dándole vuelta al frasco de vidrio del reloj--

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