Madrugada En El Infierno

 Hay sucesos que se mantienen en la historia de los pueblos como este que, a pesar  de haber transcurrido ya, ni más ni menos que nueve décadas, quizás por aquello que, la memoria de las grandes tragedias son más duraderas que la memoria de las grandes virtudes. Todo esto debió ser por allá, en el año 1920. Lo curioso es que los recuerdos no dejan de rondar en la mente de algunos habitantes del pequeño pueblo. Como tampoco ha pasado el miedo en ese lugar y mucho menos en los nonagenarios Diógenes Soracá, Tulio Posada, Juan Crisóstomo, y Próspero Ibarra. Los cuatro hombres testigos presenciales de la trágica madrugada. 

        Yo quiero escribir todo esto hoy aquí sin suprimirle un solo detalle y el asunto sucedió más o menos así:


        Apenas nació fue atacado por un hipo incontrolable, mostrando un líquido de color verdoso en su boca, y su cara con el mismo color. Sus miembros se retorcían, nadie podía haber imaginado que pudiera tener tanta fuerza aquel cuerpecito. La comadrona tenía que apretarlo contra sí, para que no se le escapara de sus manos. A escasos dos minutos su cuello tomó una postura hacia atrás quedando rígido. La partera con el bebe en sus manos lo mostró a los presentes y con una negación de su cabeza y un cerrar de parpados dio la trágica noticia:


       ------¡Es un alma sin pecado que se devuelve al cielo!


      Pareció que el milagro del nacimiento no se dio. El hijo del Inspector de Policía no parecía respirar. Fue un parto traumático que por falta de tiempo se realizó sobre  la mesa de la cocina. La partera colocó a la criatura en el piso de tierra como un objeto peligroso mientras intentaba salvar a la madre. Ocurrió entonces que su abuelo desconsolado al ver a su nieto tirado en el suelo se acercó y se dijo enterneciendo su cara surcada de arrugas:


      -------Carajo que vaina,…En algún punto de la vida la vendita muerte ha de llegar. La naturaleza humana esta hecha de tal forma que nadie puede sobrepasar el terreno que le es asignado por el tal destino.


        Mientras lo cubría con su camisa abrió desmesuradamente sus ojos al notar que el recién nacido movía sus ojos. Así relata Teobaldo Arciniegas padre el nacimiento de su hijo Teobaldo Arciniegas Collantes.

        Teobaldo Arciniegas Collantes, un hombre alto, corpulento, bien alimentado. Excepto del día de su nacimiento jamás en sus años de vida había estado enfermo ni una sola vez. Pelo negro grasoso echado siempre en la frente, unas patillas trabadas en las comisuras labiales que se unían al espeso bigote, se mostraba como el Inspector de Policía más inspector que se podía ser en el mundo, solo mirarlo metía miedo. La bondad no formaba parte de su carácter y su oficio como inspector de policía no le permitía acostumbrarse a las expresiones de gratitud, sino todo lo contrario, con una actitud displicente. Su autoridad era como una ausencia de límite y siempre solía decir con un absolutismo plebeyo: “Sobre yo, mí sombrero”. También decía con orgullo que, su alma no tenía ni la cuarta parte del temple de la de su papá, y ni por allí a la de su abuelo que era de esos personajes que, marcan vida. Jamás toleraba una chanza viniera de donde viniera. Caminaba siempre tieso de majestad por el centro de las calles y callejones, agarrando del pomo del sable ceñido en su cintura, como si buscase a un enemigo susceptible de surgir en cualquier momento de una esquina. Siempre con su camisa abotonada hasta el último ojal. Cualquiera, por más lerdo ó lelo que fuera podía imaginarse que Él era allí la primera autoridad.

        Un medio día, el sol avanzaba por el cielo sin nube, limpio e interminable en la que se respiraba un aire impregnado de olor dulcísimo de las procelosas aguas de la extensa Cienaga. Arribó como de costumbre una lancha con más posibilidades de zozobrar que de mantenerse sobre la superficie de las agua, procedente de Magangué a dejar los pasajeros de este puerto. Entre todos ellos llegaba Nacarid Oropeza Quintillo una bella joven morena canela que tenía exactamente 20 años de estar en este mundo y con la suerte de ser hermosamente decorada por la naturaleza al dotarla de muchas prendas físicas. El ovalo de su rostro desnudo jamás había probado el maquillaje, sus labios parecían dibujados con el más fino delineador y con unos ojos y pelos intensamente oscuros y brillantes. 

Con su cuerpo núbil dentro de un modesto traje que dibujaba su cuerpo y dejaba al descubierto casi la mitad de sus robustos senos y sus redondos brazos que eran el embeleso de corazones y de miradas. Cualidades que serían envidiadas por cualquier mujer de la ciudad. Para Nacarid, los días transcurrían como una celebración permanente. La muchacha era la pieza acta para posar ante los inmortales pinceles de Juan Carreño de Miranda. 

Para poder desembarcarse la muchacha tenía que quitarse las sandalias y meter sus hermosos pies dentro del lodazal, ya que las aguas se habían retirado un poco de tierra firme, por aquello del verano.

Efrén Galíndez Arzuaga, con su cachucha volteada, rápidamente se paró del suelo, abotonó la camisa, desató los cordones y con un simple pataleo se despojó de sus zapatos de caucho, se arregazó hasta sus rodillas el overol y corrió a su auxilio por el lodazal hasta llegar a la lancha y tomó entre sus brazos como a un bebe y la acunó en sus brazos para que la bella muchacha no se ensuciara de barro sus morenos pies. Su abundante cabellera larga y nutrida se desplomó al vacío, y balanceaba libre con el aire reflejando aquel intenso azul del negro.  Era una lustrosa caballera que Nacarid cultivaba y cuidaba con aceite de aguacate, miel de guasimo y proteínas de la leche. Era una bella caballera apta para representar cualquier marca de champú. 

Chapoteando en el barro hasta las rodillas con la muchacha en sus brazos, olió la flor de su cuerpo y vio de cerca su carnoso descote y su cara arrebolada. Un tic se apoderó de su cara. Esto fue como recibir el bautismo del amor, también la primera vez que Efrén olió bien de cerca el amor y sintió que lo quemaba, despertando algo que, para él era completamente raro. Con la mejor sonrisa y la voz más dulce que encontró le sopló en el oído: 


          ----Nunca había tenido entre mis brazos a una muchacha tan bonita, seductora y hechicera. 


         Mariposeando los parpados, y sonriéndose arcangélicamente Nacarid con cierta picardía le devolvió el mismo secreto, pero lleno de almíbar, poniéndole alas a las ilusiones de Efrén:


         ----Mentirosito,..Fíjate,..yo no creo que sea la primera vez.


         Efrén al escuchar aquella voz quedó perplejo, sin aliento y se estremeció igualito como estremece un milagro. Los niveles de placer recorrieron su cara y como de costumbre el amor se metió por los ojos y se le acomodó definitivamente en el corazón. 


          Con la peor incertidumbre de un enamorado Efrén le pregunto tímidamente:


         ----¿Cómo se llama tú nombre?


          Nacarid,…Nacarid Oropeza Quintillo. --Picaronamente respondió con un mudo piropo en los ojos y una leve sonrisa que brotaba de sus labios-- ¿y tú? – Interrogó.


         ------- Efrén,..Efrén Galíndez Arzuaga, --le contestó con una feliz estupefacción que recorría todo su cuerpo. Inmediatamente con mucho cuidado la bajó poniéndola de pie como a una santa de yeso y con deseo de acariciar por un instante con sus dedos los contornos de su rostro --

         Ni por allí, nadie se imagino que este desembarco de amor se convirtiera con el pasar de los días en un desembarco letal. Trayendo a los habitantes del pueblo la más horrible pesadilla.


           Efrén, tenía exactamente los treinta años, color moreno, pelo lacio. Un empaque atlético de una escultura griega y la fuerza arrolladora de la juventud lo acompañaba. Su modo de ser lo delataba como un muchacho serio, sencillo, alegre, con su alma libre a las canciones y al líquido dorado que tomaba ávidamente pero sin problemas. Era el primogénito de un modesto matrimonio campesino, nativos de la región, labores que compartía con sus padres y Eladio su hermano menor. Eran todos ellos el prototipo del campesino de la sabana colombiana, apegados a la tierra.


       Se percibía un fuerte olor a brea derretida que impregnaba el aire proveniente del puerto. Era la hora de más calor en el pueblo, sus calles humeaban. Teobaldo Arciniegas Collantes sentado solitariamente en el vetusto sillón de la Inspección de Policía, meditaba sin dejar de ventilarse con un abanico de palma. Feliz se regalaba los recuerdos. De él extraía la emoción de las angustias, la delectación de la alegría y de los secretos. Disponía del tiempo a su antojo.


       ……Que vaina carajo!! Siento las nalgas llenas de alfileres,…Creo que esta silla es más incomoda que una ecléctica.-- Se murmuró con un tremendo malestar y unos presentimientos supersticiosos -– Ya entramos a la cuaresma y con ella entra también el miedo a los “pelaos” y a las mujeres pendejas de este pueblo.


        Encolerizado seguía acomodándose en todas las formas buscando la mejor posición para descansar. Cuando lo logró se dijo:


        -----Caramba,..yo no sabía que toda incomodidad tiene su acomodo. Ahora si,..a escuchar el espectáculo más sublime que nos dio este mundo como es el silencio.


        En el sopor de silencio los minutos tenían transcendencia de horas. Su cabeza le revivía montones de cosas pretéritas que lo hacían sonreír silenciosamente y hacer muecas en su cara. 


         ------Yo no creo en esas pendejadas de las mujeres,..pero siento tener de mí parte las más buenas relaciones con los astros. - Se dijo Teobaldo pensando en voz alta -


        Luego suspendiéndose a medio lado extrajo de su bolsillo la cartera y de ella una pequeña foto de Nacarid Oropesa Quintillo que hasta ese momento no recuerda como llegó a su poder. Tomó entre sus dedos la pequeña foto y la manipulaba frente a sus ojos como una ostia sagrada. Luego mirando la profundidad del techo se preguntó con gran satisfacción lo que asiduamente pensaba:


      -----¿Carajo..por donde andará esa mujercita?...¿Qué estará haciendo mí Nacarid a esta hora? De lo que si estoy seguro es que tarde o temprano estarás a mí lado y te torceré el pescuezo con toda la fuerza del amor…Me siento el hombre más afortunado del mundo. –Luego su cara se ilumino y siguió pensando – hasta ahora todo lo que he conocido no le ha dado significado a mí vida,..Solamente Nacarid,..por supuesto.

       

      Teobaldo Arciniegas Collantes mientras respiraba un aire de casi 39º C, gozaba de una soledad alegre. Estirando su cuerpo hasta donde pudo y dejando que sus sentimientos se escaparan de una forma tranquila, se comentaba en silencio: 


        ------Como es la vida tan misteriosa,…Yo vi crecer a esa muchacha en este pueblo con la magia de sus transformaciones. La vi crecer ante mis ojos en fanales luminosos. Ahora soy el dueño absoluto de la orgullosa belleza de Nacarid…..¡Bueno!,….trataré de apartar por un instante de mí cabeza a esa muchacha. Al fin, mañana ya es menguante los mejores días para la cacería y la pesca. Ya me veo con unos buenos racimos de bagres y de patos reales colgando de mis manos.


        Teobaldo, como siempre solitario, se entretenía descubriendo con una sonrisa aviesa y una mirada escrutadora figuras de guerra y diabólicas en las paredes de su oficina trepadas por la humedad.


        -----Tengo que pensar en algo para ejercitar la cabeza.  


       Luego recordando las experiencias de vida de su papá, se dijo:


        -----Mí papá solía decirme lo que a la vez escuchó de su padre que, cerebro que se aísla o que no se ponga a funcionar al poco tiempo se vulve “mierdaa”.


          Ni una pizca de viento soplaba por las ventanas. Con su camisa blanca desbotonada, dejando al descubierto el pecho velludo entre negro y rojizos, empapada y pegada al cuerpo de sudor, se echaba fresco con el abanico de palma sin dejar de maldecir el calor de las 12:00 en punto del día. 


         ------¡carajoo,..este calor me crea una angustia tremenda,…hasta el corazón me esta sudando! 


        Luego para calmar su malestar y unos presentimientos que lo escalofriaban, se dijo sin abrir la boca:


          ------Cuando los pensamientos en compinche con los sentimientos se están poniendo demasiados intensos, convendría más ponerles fin. 


         Luego paró la acción botando el abanico al suelo. Sintió como si un pesado tigre se le hubiera tirado encima, y con sus ojos casi cerrados miró por la única ventana hacia la plaza, más exactamente donde ancla la lancha todo los medio día, a esa misma hora. 

Teobaldo se levantó con brusquedad de la silla derribándola al suelo. Una madeja de nervios hizo corto circuito en su cerebro, la impresión le penetró al torrente circulatorio blanqueándole la cara como carne de merluza y un sabor metálico invadió su boca. Mientras la adrenalina hacía su recorrido trágico, todo desapareció por instante de su vista, luego tapándose con sus dedos los ojos para recobrar la visión, todo empeoró, pues sus ojo se tornaron vidrioso. Aturdido se preguntó parpadeando la duda:


        ----¿Será la carajita esa ó tal vez estoy viendo las cosas equivocadamente? Ó serán obras de algún “jodedor”. Pero recuerdo clarito que mí abuelo siempre decía que, cuando uno piensa mal siempre acierta.


       Temblando de ansiedad y sin saber en ese momento que hacer con su vida, Teobaldo presenció desde esa distancia la escena que se desarrollaba ante sus ojos.


          ------Caramba parece mentira pero en un cerrar y abrir de ojos hay suficiente tiempo para torcer el destino a cualquier persona. Se dijo pausadamente.


          Los milagros de los celos invadieron las cuevas más profundas de su alma. Era exactamente la mujer que le ha hecho sentir la humillación del desprecio.

El órgano que administra las emociones, los sentimientos y las pasiones aceleraba y le tamboreaba en los oídos. Desde que se casó con Felicita, aparentemente no había sentido la necesidad de fijarse en otra mujer pero los nuevos capítulos de su vida cambiaron al fijarse en Nacarid, quien en los siguientes días doblegaron su voluntad, volcando hacia ella un amor desmesurado. Cuando la realidad le retornaba pedacito a pedacito, se manifestó:


        ----Siii,..Si es ella,…y me vuele a una perfidia. Parece que, lo que están viendo los ojos me esta embromando todo el alma.


         Teobaldo palideció y sintió habérsele inactivado nuevamente el pensamiento y la emoción, es decir la parte humana de su cerebro. Rumorando las palabras dijo:


       ----Mi abuelo decía que: “Una cosa es mirar y otra es ver”. También recuerdo clarito que solía murmurar, “Una cosa es llamar al diablo y otro cuando se aparece”.


       No muy contento con la demasiada realidad que veía, serró con fuerzas sus ojos  para ver nuevamente. Su malestar subía como la espuma y su esperanza se derrumbaba como un castillo de naipe. Luego se dijo con una voz malograda:


         ---- No parece tan agradable la realidad que estoy mirando, y también da la impresión que, me quiere tiznar la cara.


       Teobaldo quedó como, si se encontrara bajo el hechizo de algún delirio, pero lo que le pasaba fue, lejos de ser delirante, tan real o más real que cualquier otra cosa. 



          ----- Ahora si estoy convencido de lo que dice la gente:  Del amor al odio solo hay  medio paso.

          

          Todo lo que vio no le dejo nada a la imaginación. El pulso se le aceleró e involuntariamente golpeó con su puño el escritorio derramando el frasco de tinta azul que se regó, dejando dibujado un enorme mapa de otro mundo. 


      ---- ¡Y yó, que la creía una Santa!..….bueno, definitivamente toda esta vaina me huele a raro.


      Desgarró una hoja del libro que tenía abierto sobre el escritorio, la envolvió con fuerza entre su mano, se la metió en la boca y se la comió. Con su cabello pegado en la frente ametralló con fuerza esta advertencia: 


      ----¡A pesar de amarte más allá de los límites del amor te voltearé como a una media, carita de pendeja! 


     Con el cerebro envuelto en llamas, aturdido, sin saber por donde empezar la ira que lo embolataba, se paró del sillón y corrió a la ventana garfeando sus dedos en los hierros oxidados de la ventana, para ver mejor la realidad. Sintió un horrible traqueteo dentro del pecho y una  maluquera rara se le desbordó por su cuerpo como agua. Se acomodó nuevamente en el sillón del escritorio, su cuerpo se estremecía con la respiración y adoptó una pose más hierática que le permitió su malestar.


      ----Aun no se, si todo esto es real? -Sé preguntó-. En estos momentos hay que tener el corazón caliente y la mente fría –Se decía para lograr la calma.


       Mirando el techo, sus pensamientos se elevaron y se perdieron en el infinito y estuvieron muy cerca de descubrir los lugares mágicos del universo. Cuando volvió se dijo muy despacio:


      ----Ahorita como que estoy entendiendo la tramoya del asunto,.. Hoy te saco del mejor de los sueños, para llevarte a la más real de las pesadillas. Y lo que más me choca es el tipito ese, que se la está tirando de ser el galancito de moda del pueblo. Pero le torceré el puescuezo a ese “camaján”.


       Tomó el sable en sus manos, su más apreciada joya y golpeando con la filosa punta el suelo de tierra  mientras la incertidumbre hacia de las suyas y sus ojos fijos en un punto  indeciso sin distinguir nada se decía:


        ---“Nojodaaa” que vaina,..creo que el borracho de la fiesta soy yo…- Con las dudas en la cabeza se preguntó - ¿Será todo esto lo que la gente llama “las movidas del destino ó los amores que matan”? Ahora me siento tan aturdido que, no se si estoy más preocupado o más intranquilo por lo que miraron mis ojos. 


       Desde entonce la industria del dolor empezó producir  un maratón de pensamientos que corrían el abismo de su mente y no había modo alguno de resucitar su tranquilidad del mal que más aterroriza al hombre. Teobaldo bajo sus parpados y se dijo:


        ----No creo todavía lo que estoy viendo a pocos pasos de mí. La realidad de todo este asunto es que, la belleza de esa mocosa me ha conmovido el alma, como el fuerte viento que se in crispa contra las ceibas del puerto.


       Todo esto fue el inicio de la chispa que incendió toda la pradera de su alma. Inmediatamente blasfemando en silencio, cerró la Inspección y se dirigió a su casa a reposar la impresión. No sin antes decirse con una dosis de amargura:  


        -----Ahorita si comprendo lo que decía mí abuelo que: Una “vaina” es el amor y otra “joda” es el desamor.


          Desde entonces Teobaldo dividió su tiempo entre la Inspección de policía y  pensar en Nacarid Oropesa. Pensar que antes su cabeza la tenía llena de ilusiones tan llena como un huevo, pero ahora se había roto la cáscara. Se oyó por todas partes del pueblo el horario exacto de los gallos, inmediatamente se metió la mano en su hondo bolsillo y sacó su viejo reloj suizo Longines heredado de su abuelo para comparar la hora y miró fijamente los iluminados números romanos: 2:00 PM de la tarde, Luego se murmuró:

  

    ----Caramba,..estos bichos si son inteligente.----¡Bueno! me largo, hoy no fue un día feúcho, siento que esta oficina tiene los rincones muertos, y este aire hediondo no circula.


       Se dirigió directamente a su casa con la cabeza llena de presentimientos, un terrible desasosiego y el corazón derretido diciéndose muchas cosas sin necesidad que sus labios se separaran.


     -----Si todas las cosas que pasan en esta vida no se quedaran, las vainas serían muy distintas. Lo irónico es que es, todo lo contrario, se quedan más arraigados. – Siguió diciéndose --  ¡Carajo!...el amor es una vaina rara elevada hasta la sublimidad. Es como el fuego,… como la savia. Pero otra cosa es cuando se voltea.


       Caminaba mirando fijamente los movimientos de sus enormes botas que se hundían en el polvo de la calle. Pensaba que si Felicita hubiese inspirado la milésima parte de la pasión que le había transmitido esa muchacha,..¡como hubiese sido amada!. Luego se murmuró:


       -----No se como arreglar mí cara,..Felicita conoce tanto mis facciones que notará el desastre,…yo respeto la malicia de esa mujer. Pero lo mejor de todo es que ella  nunca me hace preguntas impertinentes.


       Antes de darle los tres golpes a la puerta se dijo:

       

        ----Carajo,..creo haberme enamorado de esa carajita, de igual forma como lo hacen los burros. Me da la corazonada que ella no lo sabe pero estoy seguro que sus cinco sentidos sí.


         Felicita Cancina Maurer su esposa, con 35 años de edad bastante viejos, no era una mujer bella, pero sí integra y austera, agradable de expresión, y emanaba de ella una innata y apacible humanidad. Una hiperhidrosis la mortifica desde pequeña, además las vicisitudes y el trajín de la cocina le habían echado encima diez años más que le empezaba acechar su cara. Una cantidad de pecas color de arcilla poblaban su rostro y el pecho rubicundo. Tenía unos ojos zarcos y amorosos. Muchas personas aseguraban que Felicita tenía ojos de santa. La frente marcada con líneas por tanto recordar tristezas y amarguras, su boca estaba adornada con un delgado bozo y el pelo entrecano a los lados. Solamente su sonrisa le hacía disimular sus defectos. De sus orejas rosadas colgaban unos aros gruesos de plata que, desde aquel día que se los puso jamás volvió a quitárselos y en su pecho el brillo de una pequeña medallita con la faz de la virgen que lucía como una lucerito en el firmamento. Su honestidad jamás tubo la necesidad de luchar contra las tentaciones, era una mujer que cumplía al pie de la letra la rígida servidumbre que el matrimonio imponía a las mujeres en esa época. Sumamente religiosa, cosa diferente su marido que era muy indiferente en materia religiosa, e ignorando todas las verdades del evangelio.

        La premonición que algo raro sucedía minaba la cabeza a Felicita. El incumplimiento del deber conyugal de Teobaldo fue alertando sus sospechas de tal manera que desconfiaba de su marido como de una enfermedad contagiosa. Su actitud sospechosa deterioraba cada día más su vida. Unos sollozos involuntarios fueron deteriorando su salud poco a poco. Las relaciones de los dos se fue encerrando en un mutismo de piedra y sus conversaciones se limitaron a escasos intercambios de palabras. La llegada de Nacarid a la vida de Teobaldo implicó para la unión conyugal el final de sus vidas sexuales. Una pasión sin esperanzas los amuralló desde entonces. Así mismo la casa perdió por completo la paz de los días pasados. 

Como de costumbre su mujer se dedicaba la rígida servidumbre, mudando trastos de un lugar a otro, pero para ella todas esas cosas eran un ejercicio espiritual. Felicita sudaba a chorro, sus adiposidades parecían derretirse cerca al fogón de leña que botaba humo como una locomotora removiendo con una larga cuchara de palo, y ajustando el punto de sal al sancocho de pavo que borboteaba en una olla por la acción inclemente de la candela crepitante.


          Tres golpes secos dados a la puerta de la calle resonaron llenando el aire del interior de la casa de los agudos golpes. Rápidamente se secó las manos húmedas con el delantal y corrió poniendo todas sus adiposidades temblorosas a atender el llamado. Tomó con sus dedos cortos, redondos y blancos el cerrojo negro y pesado de la puerta, y lo habría despacio para que chirriara lo menos posible. Al abrirla la luz entró y dibujó en el piso de tierra otra puerta y una figura humana más grande. Felicita se impresionó al encontrarse con una cara pálida de espanto, y con sacudidas nerviosas alrededor de los ojos y boca. Felicita apretó las palmas de sus manos contra su grueso pecho. La curiosidad unida con la desconfianza fueron mucho más fuerte que el temor que le infundía Teobaldo. Luego santiguándose le preguntó de pronto, con una sonrisa disimulada y una voz que quería parecer tranquila y natural: 


        ------¿Carámba que te pasa?. El stress te esta matando. Tú estas mal, demasiado mal, estás de lo peor, nunca te he visto así de este modo Teobaldo.


       Teobaldo se ofuscó por un momento sin saber como justificar una negativa y dijo hipócritamente:


       -----A mí nada.


       Sin poder dominar todavía sus nervios, miró con desdén a Felicia y respondió levantando la voz:


      ------¡Tus predicciones no me afectan para un carajo!...Y tú como siempre llenando los huecos  de la cabeza con todas las barbaridades del día. Y del tal stress, te dicho mil veces que eso son fartedades de los pendejos. Todo lo que sale de tú boca es para mortificarme.


     Bonita manera de pagarme todo lo que hago por ti. --Sin mirarlo aparentemente y con una refinada maña Felicita prosiguió diciéndole:---¡Bueno, tienes que abrir bien los ojos! Se necesitaría tener puesto unos espejuelos de cuero con los pelos “pa´dentro” para no verte semejante cara que traes puesta. Parece que te hubieras tropezado con el cachudo ó como si te hubieras tragado una sobre dosis de purgante. 


       Teobaldo permaneció por un instante en silencio con la respiración cortada. Luego con un poco de ambigüedad, se diagnosticó:


       ----No me lo vas a creer, pero debe ser el orín y la mierda de los murciélagos que tienen la oficina envenenada con sus olores.


        Con una voz que quería poner tranquila y natural, felicita dijo:


      -----Si una persona asegura que únicamente miente en cosas sin importancia ¿Cómo sabemos que otros criterios podrían usar para justificar su mentira? – Continuo diciendo con sus dudas en el pecho-- Las preocupaciones que cargas te fertilizan el stress. Preparé una infusión de yerbabuena, pero eso si, esta tarde no podrás comer.


      Cuando Teobaldo oyó la sátira y la cruel privación alimenticia, pestañeó varias veces. Lo que escuchaba fue como meterle la madre, y exclamó:


      ------¿Que disparate y locuras estas diciendo?  Ahora sí,..era la última vaina que me faltaba hoy. Yo no siento ni una pizca de todo lo que te has imaginado. Haces aseveraciones y no las respaldas de ningún modo. Siempre te he advertido que tus pensamientos están desordenados. Además parece que hoy amenecistes con esa lengua suelta.


       Con los ojos asombrados, tartajoso, y haciendo largos silencios, dijo nuevamente sin ningún filtro en su boca:


        ----Ojala hubiera sido ese cachudo ó el purgante que dices...Y,.. no se te ocurra preguntarme más nada. Y otra cosita mujer,…que sea la última vez que me interrogues con ese exagerado pesimismo…¿y no me sigas atosigando con tanta “preguntadera”,..me oyes? 


          Teobaldo gritaba con rabia todo lo que decía. Tenía las cuerdas del cuello tensa, parecían reventarse mientra pensaba lo que siempre irónicamente le recalcaba su papá: Hay que tener en cuenta lo que dice esa filosofía vulgar que, “al mal tiempo buena cara” Pero sin embargo, Teobaldo con los suspiros acelerados y sin control siguió gritándole a su mujer aquellas palabras con que se le llama a la pobreza. Rumorando obscenidades de esa que se usan en los cuarteles, y nombrándole la madre al Universo, --Prosiguió:


         -----espero que algún día te convenzas que las imbecilidades de tus presentimientos me enloquecen,…¡Ah! y no solo eso, sabes mejor que yo, que, esas malicias tuyas me dan alergias.


       ----la próxima vez que vayas a mentarle la madre a alguien hazlo con plena conciencia, no por simple rabia. Tú Teobaldo eres más perverso y grosero de lo que me imaginaba. –Le replicó su mujer- ¡váyase al carajo ó múdese para su inspección!,….¡no vuelvas a pisar esta casa y déjeme tranquila, carajo!..Desde hace poco tiempo he notado que me estas viendo todos los defectos. Además quiero que se…..--No terminó decirle lo que pensaba porque la rabia acabó con su voz. Teobaldo sin cambiar el tono le contestó:


         ----Si yo soy perverso tú eres más porfiada que una mula. Yo no tengo por que irme,…la que tiene que largarse eres tú, recuerda que esta casa es de mí abuelo todavía. 


        Adoptando un aire de ocupada en los quehaceres de la cocina Felicita no perdía ni una sola de las palabras que vociferaba Teobaldo, ni mucho menos dejar de mirarlo con aquellos ojos que conocen las atribulaciones de las almas en dificultades y de los espíritus en zozobras. La mujer detuvo el cucharón dentro de la olla del sancocho y exclamó. 


        ----Tendrás que ponerle humo o fumigar con DDT, de lo contrario esos bichos terminaran encarcelándote en el cementerio.


        Felicita sabía sobradamente lo que significaba aquel fulgor de vidrio de botella en los ojos de su marido, la ira y el miedo los expresaba de esa forma, por lo que decidió no chistar una palabra más, y jurarse que, más nunca le desearía los buenos días. 

Teobaldo por el contrario quiso emparapetar el asunto. Pidiendo comida se dirigió al fogón donde se cocinaba un suculento sancocho. Con ojos golosos destapó la olla levantándose una nube de vapor que se esparció por el aire, ambientando el espacio con exquisito perfume del sancocho de pavo.


     ----¡Caramba,..que humo tan oloroso y que sorprende tanto al paladar! Muy pocas cosas huelen mejor que el aroma del pan recién horneado, pero el aroma de este humo supera todo. Con razón la gente dice que donde falta la comida no puede haber serenidad. Si no hay ningún inconveniente me sirves.


      Su mujer se encogió hombros desentendiéndose de la cuestión le sirvió la comida. Y con desparpajo le dijo:


       ----¡Come! Y que te aproveche. 


      Teobaldo miró la mesa servida y le dijo a Felicita señalándole los tenedores:


      ----¡Te he dicho mil veces que esa vaina solo lo usan los amanerados y petulantes!


      Con las manos cruzadas sobre el grueso vientre, sus ojos sin pestañas hundidos en sombra, miraba con miedo a su marido comer con una voracidad de un caimán y oír el crolaloteo de sus muelas. Haciendo un mohín con su quijada señalándole el sable le dijo:


      ¡Dios mío Teobaldo,..Quítate  del cinto ese "piazo" de machete, y ese genio de la cara para tan si quiera comer! 


      Felicita se decidió acompañarlo a almorzar. Sentada en la mesa, sus pesadas tetas descansaban placidamente sobre el borde de la mesa moviéndose al compás de su respiración. El sudor que le corría por la cara difícilmente se habría paso através del espeso maquillaje. Sus modales parecían buscados en los mejores y estrictos principios de la cortesía y de la discreción. Comía evitando con exagerado cuidado que no cayera al piso o en la mesa una migaja de comida. Con igual esmero se metía en su boca las cucharadas de sopa para dar ejemplo a Teobaldo, pero éste no le prestaba atención a tan semejante comportamiento.

   (SIGUE)

©2020 by Hermán Cudris. Proudly created with Wix.com

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now