La Baldomera (Primera Parte)

La suerte fue haber encontrado dentro un viejo libro de mí primaria tres hojas de cuaderno sujetadas con un viejo clip que demarcaba su figura con su propio oxido. Los apuntes contenían la esencia y la magia de una narración. Todos estos datos eran la espina dorsal de la narración “La Baldomera”. Pueda ser que ahora tenga la suerte de seguir y finalizar todo esto, que da para un libro entero.

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Esto no fue anteayer, ya hace ahora un buen rato, más exactamente a unos dos días antes que explotara por la radio la noticia de la llegada del primer hombre a la luna. Pareciera en realidad que fue hace un siglo, pero sin embargo recuerdo clarito la primera vez que gané dinero: fueron veinte pesos, arrendando el patio de la casa a una compañía exploradora de petróleo que, un día de esos de la década de los 60 llegó al pueblo.

Jamás había sido dueño de tanto dinero junto que, en aquel entonces era una suma bien interesante. Pero la cosa no termina ahí. Ahí la cosas apenas comienzan y las contaré sin quitarles una coma desde cuando me encontré y le comenté a mi compañero de andanzas la historia del dinero hasta cuando nos despedimos.
Ya habíamos cruzado por la famosa etapa de la pubertad, era el tiempo en que no conocíamos todavía los problemas, éramos más o menos dieciochoañeros, nos faltaba poco para cumplir la mayoría de edad, que en esa época se necesitaban 21 largos años. Recuerdo también que los padres de Lizardo y los míos estaban obstinados de que no queríamos estudiar y que no serviríamos absolutamente para nada.

Al finalizar la conversación, a Lizardo se le dispararon los resortes del pensamiento y con sus ojos como un halcón y bien separados, mostrando una sonrisa poblada de blancos dientes y chasqueándose con sabrosura ocho dedos de las manos me preguntó con una voz de alarma:

----- ¿Veinte pesos?...Creo que el día ha llegado hoy, es exactamente lo que necesitamos para hacerle una buena visita a la famosa Baldomera.

------- ¡”Noo”, que va!...que tal, si esto se llegue a saber en la casa y…

Alzando la voz y recordando ciertas líneas en su frente, dijo Lizardo de repente---

¡Te las vas tirar ahora de marica!-- Acomodándose el cabello detrás de las orejas,-- quedándole todos en su sitio con una raya en el centro siguió diciendo:---¡No seas tan pendejo, ya es hora de demostrar que somos hombres. Además tú no debes preocuparte, pues yo voy a manejar todos los hilos de este asunto!

Pero todo esto me aturdía, pues las dos mitades de la cabeza me decían cosas distintas.

En la desértica plaza, la iglesia se encontraba sin un devoto a su alrededor, tan solo una inmensa puerta que separaba el mundo de la iglesia del mundo exterior que la circundaba. Su torre estaba abarrotada de golondrinas, que se peleaban la cruz más alta para posarse y descansar. Lizardo con el seño fruncido se rascaba el labio inferior con sus dientes, sin dejar de mirar a cada instante su reloj y con una insistencia conturbadora me aseguraba lo “bacano” que pasaríamos donde la Baldomera. Hablamos largo rato planificando la visita. Toda esta conversación dejaba un extraño presentimiento que bailaba en mí cabeza, dí muchas vueltas a la propuesta que no dejaba de cosquillearme la tentación a pesar de preocuparme más de la cuenta y también que, representaba un duro golpe a mi bolsillo. Pero tanto hincapié en sus carismáticas proposiciones logró finalmente convencerme. La espera de mi respuesta acabó con sus uñas.
Por más que siga sacando conclusiones, no termino de entender como Lizardo logró convencerme, es una pregunta que todavía me hago hasta estas horas de la vida a pesar de durar mucho tiempo dormida. Todo lo recuerdo con cierto escalofrío.

Para esa época no se hablaba todavía del hueco en la capa de ozono ni mucho menos del cáncer en la piel. El sol asaba, estaba completamente brillante e inclemente de esos que si saben presagiar un aguacero. Parecía no haber una sola área de sombra. Eran ya pasadas las tres de la tarde y hacia un tremendo calor no soplaba una brizna de aire. Poniéndose la mano abierta en la frente perlada por el sudor, Lizardo miro con más de la mitad de sus ojos al sol, para adivinar la hora y luego hecho un vistazo al reloj en su muñeca para compararla y dijo en una forma imperativa sin ningún titubeo:

------ Que vaina carajo,…deja de pensar tanto…¡Pilas! Son las cuatro menos cuarto,..es la mejor hora. Vámonos que no hay nada mejor que hacer y además de quedar poco tiempo que perder hay mucho trecho por recorrer.

Mi decisión estaba balanceada como aquello quien, ve el vaso medio vacío y el que lo ve como medio lleno. Al fin acepté sin más chistar cuando el péndulo de mí decisión se equilibró y le dije:

¡Pilas vámonos pues!.

-----¡Así es que es!... del miedo nunca sale nada bueno.—Me consoló y animó Lizardo--

Cuando avanzábamos a zancadas por un sitio de la calle de tierra morena e invadida de sombras, una carrera de burros, acosando a una burra se veía venir en medio de una tremenda polvareda cósmica. Las mujeres corrían a sus casas llamando a gritos a sus hijos para ponerlos a salvo y cerraban las puertas apresuradamente. Las personas que estaban sentadas en las puertas recibiendo fresco se levantaban apresurados con taburete en mano a ponerse a salvo igualmente lo hacían los perros que dormían placidamente. Todos corrían por temor a ser atropellados.
A esta hora pareciera que cayeran tormentas solares, las calles lucían resplandecientes, también el calor de horno crematorio de la tierra salía a pelear con el calor del astro rey, como se le llamaba al sol en esa época, y hacía su estrago sobre la humanidad de las personas que caminaban, obligándolas a tomar las aceras de las calles para defenderse con la sombra.

Miré la perspectiva de la calle y a sus lados el oleaje de los pretiles de tierra de las casas, al final todo se veía como un penoso espejismo. Nos fuimos calle abajo buscando el final, Lizardo sudoroso se abrió la camisa y silbaba la inolvidable melodía de Alfredo Gutiérrez: “La paloma Guarumera” que era el aire de moda que se molía en los radios del país. Silbaba quizás para tratar de espantar su propia desesperación.

Mientras caminábamos, yo con las manos dentro de los bolsillos de mi bluyin, Lizardo hacia lo mismo en su pantalón de terlenca y perseguidos por nuestras sombras que se agigantaban a cada paso por el sol poniente, contemplaba las casas, algunas bien mantenidas otras en canillas parecían nidos escuetos.

Cuando nos dirigíamos rumbo a la casa de la Baldomera estuve mirando fijamente el movimiento aparente del sol sobre el cielo y aquel color amarillo canario que parecía extraído de algún cuadro de Cezanne, que iluminaba las crestas de la vegetación allá lejos en el horizonte. Cuando los rayos se filtraban por entre los árboles me cegaba, cerraba los ojos y cuando los abría, todo se tornaba por un instante parduzco. También miraba las nubes donde aparecían todas las figuras que la imaginación se le ocurriera descubrir.

Los cordones de agua residuales que salían de los patios de las casas serpenteaban y cruzaban nerviosas la calle de tierra, Lizardo y yo caminábamos por las trillas y los saltábamos para cruzarlas, o a veces los pisábamos descaradamente para pringotiarnos los pantalones. A lo largo del recorrido, nuestros firmes pasos quedaron de pronto ahogados sobre un pedazo de calle alfombrada por escamas de sábalo y bocachico que brillaban como monedas de aluminio y que crujían bajo nuestras pisadas apresuradas como si camináramos por un camino de hojas secas. Sobre ellas las tortolitas picoteaban el suelo buscando su alimento de la tarde.

Miré hacia el centro del cielo, ahora más gris que azul, comenzaba a amenazar un aguacero, la temperatura fue bajando un poco presagiando el inminente invierno. Ya los pájaros trinaban escondidos en el follaje protector de los naranjuelos, acomodándose para dormir. Pude ver en el crepúsculo como las últimas golondrinas jugaban con el viento parecían chocar pero que va, todo los movimientos estaban sincronizados. También tres “goleros” carroñeros, volando como es su costumbre en círculos concéntricos hacían su digestión. Otros jugueteaban lanzándose en velocidades de vértigo como aviones de combate.
Las nubes pasaban bajas en el cielo y se negaban a disiparse ensombreciendo todo a su paso, como si el niño Dios estuviera jugando con un interruptor. El viento apresurado y mezclado en una polvareda arrastraba y arrinconaba hojas secas, todos parecían buscar un mismo refugio.

La sombra del atardecer cambiaba rápidamente en millones de formas diferentes envolviendo todas las cosas, así trascurrieron algunos minutos durante las cuales los rayos del “astro rey”, emitían unos bellos colores que todavía no tienen nombre y se filtraban por entre los árboles. La poca luz de color espectral que quedaba por los últimos minutos del día, huía hacia las profundidades del horizonte.

El silencio ponía el atardecer más triste. Cuando ya, la tarde se convirtió en noche, se incendiaron todos los mechones de keroseno, igualmente lo hacía el firmamento. Las personas empezaban a colgar lámparas en las puertas de sus casas para iluminarlas, cuya llama era tenue, lúgubre sin resplandor y temblorosa, era así, para esa época, la forma como se iluminaba un pueblo completo. Todo el conjunto de lámparas y mechones colgadas en las puertas, titilaban como luces de navidad y mágicamente a su alrededor se formaban constelaciones de insectos voladores que danzaban espectacularmente a sus alrededores, emitiendo una radiante policromía. Cuando esta constelación de insectos llegaba al límite de su resistencia iban cayendo al suelo formando montículos debajo de cada lámpara encendida a lo largo de las calles y callejones. Estos montículos de insectos moribundos eran aprovechados por centenares de sapos, que salían todas las noches de sus escondites y en medio de una danza ritual los devoraban uno a uno. Esta aparición de sapos en las calles era aprovechada por los jóvenes del pueblo como diversión, tomándolos como balones para jugar un reñido partido de futbol.

Llegamos a la casa pintada con el color de la tierra, con una ancha cenefa color azul a la altura del pretil. Teníamos los zapatos cubiertos de polvo, Lizardo respiró hondo y tocó dándole unos porrazos fuertes con cuatros nudillos a la añeja puerta pesada, de poca altura, de madera ya extinguida y barnizada con el color de las cosas viejas. Pude darme cuenta que estaba precariamente sostenida por la mitad, tan solo con una fuerte bisagra momposina y tachuelada de unos clavos cabezones desmigajados por el oxidado.

Tum,…tum,…tum,..Los tres nudillazos huecos y profundos sonaron en el espacio silencioso, poniendo en alerta a todos los perros del vecindario, oyéndose de inmediato una cadena de aullidos lúgubres y estremecedores por todo el pueblo en sombra.

Al instante cuando la mano de Lizardo llamó a la puerta, escuchamos desde muy adentro una voz desmayada y lacónica que dijo:

----- ¡”Empujeeen”,…que no tiene tranca!.

Nuevamente regresó la voz, pero esta vez con un timbre especial que relleno el espacio:

------ ¡Está medio “ajuustaa”! además la entrada es “gratiniana”.

Por el timbre de la voz me supuse que su dueña ya debía de cruzar la mitad de las edades. Lizardo la empujó con la palma de sus manos, ojeamos para todas partes y entramos furtivamente a la casa por aquello de evitar cualquier runrún de un vecindario, ya que en los pueblos la gente vive en plan de espionaje. De la misma manera la adrenalina entró a mi corazón. Cruzamos la vieja puerta de madera pesada que al raspar con el piso de tierra desigual emitió un rugido único. Pude darme cuenta como Lizardo con mucha dificultad abrazaba, luchaba y trastabillaba con la puerta para colocarla nuevamente en su lugar y desaparecer la luz natural.

Pareció entrar en un territorio de leyendas, en un lugar que quizás nuestras almas no saldrían indemnes, todo presentaba una desilusión de una desilusión.

Nos encontramos con una oscuridad, como si nos hubiéramos quedado ciegos. Caminábamos de memoria, amortiguando los pasos en puntilla y a tientas, adivinando las distancias de las cosas con el cálculo del presentimiento para no tropezar con nada, pero yo, algunas veces le pisaba los talones a Lizardo sacándole el zapato de su puesto. Se nos oían el eco del tambor del corazón, el rose inevitable de los pantalones como también los respiros, pues se respiraba con mucha dificultad al igual que en un cuarto de una sauna, era un aire de horno. Tenía la sensación de tener la boca seca, me sentía atormentado por la sed y ansioso por ser visitado por el miedo que atenazaba como un pulpo.

Un olor a pólvora estallada invadía el espacio, era un aire hediondo, estancado, pareciera estar recargado de miasma, quizás por el encierro, la humedad y la oscuridad. Era tan fuerte que hirió la membrana de mi nariz casi con los mismos efectos que el dolor físico.

Miré hacia arriba y no distinguí el techo, pues la oscuridad parecía traspasarlo y mezclarse con la del firmamento, apenas podía distinguir la figura negra de Lizardo.

Yo estaba sudando por todos los poros, al punto que, el sudor me bajaba por las mejillas, y paladeaba en las comisuras de la boca un sabor salado. Las axilas las tenía encharcadas, las gotas de sudor frío me corrían cuesta abajo. Las manos me sudaban dentro de los bolsillos y las sentía pegajosas, igualmente los pies encharcados dentro de los zapatos, creo que a Lizardo le sucedía lo mismo, todo era bien desagradable.

Con el destello de la luz sobre su cabeza, a Lizardo se le veía el brillo del sudor que le empapaba completamente el cabello, se pasaba las manos por el humedecido pelo y luego se las restregaba por las bocas de los bolsillos del pantalón para secárselas.

Me sentí atarantado, arrepentido de haber iniciado esa aventura. Todo se presentaba mas difícil de lo imaginado, quería salir corriendo de ese lugar pero mis movimientos eran extremadamente torpes, los nervios se apoderaron de todas mis articulaciones, escuchaba el traqueteo del corazón desordenado en un ritmo impetuoso e incontrolable y la presión del flujo rojo desbocado corría como lava por todo el cuerpo. Seguro que mi tensión subía a más de 160 por un lado y a más de 120 por el otro. Cuando me empezó la tembladera mortal del miedo, sentí un extraño movimiento que manipulaba mis extremidades, como si alguien los pulsaras a su antojo.

Con los parpados a media asta pude reconciliarme con una claridad tenue, que casi se perdía en la oscuridad. Cuando ya todo fue recuperando su nitidez pudimos vernos las caras nuevamente, el color original de todo lo que se veía era un enigma. También pude observar que, en una de las paredes de cal y boñiga de vaca, poblada por los caminos laberínticos del comején que semejaban un gigante sistema venoso, colgaba de un clavo centenario, una foto de medio cuerpo, los personajes eran de tez palidísima, fondo oscuro, borrosa, polvorienta y envuelta en un nudo nevado de telaraña, desmadejada. El retrato parecía un momento congelado en el tiempo, además representaba la patética realidad de que sus verdaderos dueños ya debían reposar en la eterna paz del Señor. Al otro lado dos imágenes religiosas, una de ellas colgada un poco torcida, las imágenes lucían descoloridas, confusas y sucias por la irreverencia sacrílega de las moscas y los murciélagos. Después de tanto repararlas pude darme cuenta que era la imagen de San Martín de Loba en su caballo canelo y el otro cuadro me confundía porque a puras penas se contemplaban muchas personas clamando auxilio desde un vacío profundo y aterrador de altas rocas con lenguas de fuego en todos los colores. No cabía un espíritu más, se trataba nada más y nada menos de aquella profundidad que no se puede ver sin morirse, del lugar donde el fuego purgador queman todas las maldades: “El purgatorio”
En una mesita esquinera había dos figuras moldeadas en yeso, se trataba del galeno milagroso José Gregorio Hernández Cisneros haciendo lobby celestial, vestido con su riguroso e inalterable luto, y con algo más desconcertante: el sombrerito que lo caracteriza por ser el único santo con sombrero. El otro, era San Miguel Arcángel, con su armadura de general romano parado sobre el diablo, derrotado e indefenso en el suelo.
En otra pared, colgaba un calendario caduco de cinco años atrás de la insigne empresa colombiana “Café puro Almendra Tropical”. También la foto recortada de algún periódico de un militar, con el pecho constelado de condecoraciones y atravesado con los tres colores nacionales, se trataba del Excelentísimo Señor Presidente de la República, Comandante Supremo, Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, victima igualmente por la irreverencia de las moscas y murciélago, de la talla de tan semejante muerto.
El polvo estaba detenido en el aire, cubría las cosas como si fuera caspa, todo se presentaba maltratado por la tragedia del tiempo y por una pobreza antigua. Daba la impresión de no haber taburetes con sus cuatros patas completas y mesa que no padeciera del mal de la cojera.
Nuestras sombras se veían maltrechas, extrañas, siniestras y ondulantes en el suelo y en las paredes por la oscilante luz de un mechón hecho de un rústico pote de avena Quaker. Se me vino a la mente en esos precisos momentos que, la sombra es la parte tenebrosa de uno mismo.
Todo parecía sacado del infierno imaginado por Dante. Las cartas ya estaban echadas, por muy mal que estuviésemos, no teníamos más remedio que llevar a cabo el plan que al principio habíamos trazado. Las dos alternativas eran, como dicen por allí: o corríamos o nos encaramábamos.

Mientras avanzábamos un perro de raza indefinida, famélico, tuerto, y con un alarido sin aliento, salió trastabillando, pelándonos unos cuantos dientes, nos desafiaba, pero una voz desde el fondo de la casa, dijo:

------- Se llama “Carroña” y es el lujo de esta casa. No le tengan miedo, que ese perro pendejo lo único que sabe hacer es joder la paciencia, él y el sofoco de la menopausia me enloquecen. ----

Orientándome de donde provenía la voz, caminamos a perseguirla. Escuchamos nuevamente el regreso de la voz que dijo---. Dicen que el instinto de los perros es algo particular al punto de que siempre terminan pareciéndose a sus dueños, pero este adefesio no se parece ni a él mismo. Confeso que es increíble el cariño que uno puede sentir por un animal, pero no se por que, todo lo que hace este perro pulgoso y desgraciado me “cabrea”

Atrapados totalmente por la curiosidad, dejamos que aquella voz nos guiara hasta donde su dueña. Caminamos entumecidos por la parte iluminada buscando el lugar de donde vino la voz. Llegamos al corazón de la casa y al fondo, junto a la salida al patio, en la intimidad de un rincón e iluminada por el resplandor de un mechón cuya mechita sostenía una azulenca llama apenas perceptible, ardiendo y balanceándose mágicamente en el aire sin que nada la alimentara y la sostuviera en el aire parpadeaba envuelta en una nube de mosquitos, ahí estaba la Baldomera como un extraño ser relampagueante obnubilada por la flojera de la soledad manoseaba su pelo de estropajo, estirándolo con fuerza. La mujer cruzaba una edad ya otoñal, en cuyos ojos oscuros se le reflejaba el fuego trémulo del mechón, sentada en un taburete y recostada contra uno de los horcones de la casa, con el vestido amontonado y embutido entre sus delgadas piernas dejando al descubierto dos puntiagudas y brillantes rodillas, y sobre sus piernas dormía un almanaque de Bristol.

De su cuello, con un cordón de zapato, colgaba un escapulario, cuya imagen borrosa descansaba placidamente en uno de sus dos acantilados huecos de las clavículas. En una de sus delgadas muñecas lucía unas enredadas pulseras de varios materiales que creaban una variedad de sonidos cada vez que hacia un gesto. Me supuse inmediatamente y sin lugar a dudas que se trataba de la Baldomera y efectivamente ya cruzaba un poquito más la mitad de las edades. Nosotros por el contrario quizás éramos treinta y pico de años más jóvenes.

La mujer era de contextura espectral, de una tonalidad morena, ojos negros, acuosos y redondos como los de la ardilla, sus cejas arqueadas y exageradamente perfiladas con lápiz negro. Los lóbulos de sus orejas largos como su cuello, terminados en un par de orificios gastados por su uso donde colgaban un par de zarcillos de gitana. Su hirsuta cabellera color rucio moro era un disparate, parecía estar reñido con el resto de su cuerpo. Era imposible saber si las arrugas de su rostro se debían a la vejez o a una vida difícil.

No se sabe exactamente en que sitio entró a este mundo, tampoco que motivo la hizo llegar a este pueblo, pero muchos comentas que ella, llena de juventud, apareció por el pueblo atraído por la fiebre del oro blanco, procedente de los lados de Barbosa, otros dicen que de Valdivia. Auque su acento delataba su origen. Ella se vanagloriaba diciendo que por sus venas corría sangre antioqueña. Dice tener sus muchas razones por lo que nunca se casó por los lado de la iglesia, cero hijos.

Dicho por la misma boca de la Baldomera recién llegada a este pueblo, que su antepenúltimo marido un día, no amaneció en su casa, se marchó sin despedirse y sin explicaciones a pesar de haberse querido el uno con el otro con la ternura de maridos. Se le oía decir además que su marido era un chivo sin ley, era un hombre que no encontraba paradero, brincaba más que un sapo en ponchera. Otras veces desaparecía de la casa sin razones y luego hacía sus apariciones en el momento menos indicado, precisamente cuando se encontraba en plena actividad de su negocio.
Era un hombre metido en un empaque de luchador oriental, de muslos elefantiásicos, de triple papada, su vientre orondo colgaba del cinturón. Cascorvo, nalgón, sin cintura, dueño de una fortaleza a toda prueba capaz de cargar las penas de la humanidad. Su cara morena hosca, parecido a un papiro egipcio se encontraba un par de ojos como tigre. Cargaba la fama de los alrededores, ser más peligroso que un “mocho de culebra”, capaz de hacer todas las cosas malas. Su jobbe favorito era coleccionar “peleas”.

La Baldomera gritaba a los cuatro vientos que ese tipo fue siempre una basura desde cualquier forma que se le viera, pero apesar de todo estos defectos lo único y más penetrante recuerdo que verdaderamente le reconocía de rodilla, era su buen dote de pichanguero, sus pelotas de cemento y de tener la verga como hierro. Comentaba además que, lo quiso tanto hasta tal punto de presentirle todos sus deseos y las más recónditas malas intenciones. Pero que ahora, todo era distinto, volver a juntarse con ese tipo es algo que solo podría ocurrir en sus horrendas pesadillas y corazonadas y que perdonarlo no sustituía la justicia de su corazón. Además de estar plenamente convencida que los conflictos en el matrimonio duran toda la vida y un desengaño no puede ser una condena perpetua.

Muchas personas aseguran que, por ser tan mujeriego murió de una horrible enfermedad que nadie nombra. Otros aseveran que un hierbatero lo mató inyectándole un medicamento para catarro de caballo. Pero lo cierto fue que, para una fiesta de San Juan Bautista, borracho y corriendo a caballo, perdieron los dos el control de la carrera y desbocados hombre y bestia atravesaron sin piedad una casa, de allí salieron directo para el silencio eterno, uno por la vía del cementerio y el otro por la vía del río.

Como decía ella misma, que un desengaño no puede ser una condena perpetúa y que además todavía le faltaban sufrimientos amorosos para dejar de tener marido. A los pocos días se comprometió con otro. Después de gozar todas las ventajas de la vida conyugal, en la que soñaban los mismos sueños, tuvo que llenarse de valor para abandonarlo por ser peor que su predecesor. Y hasta ahí llegó la fe de Abrhán, fue así, como un día que amaneció obstinada por la tragedia conyugal decidió separarse. La única razón fue, la de no soportarle sus malas costumbres y no poder resistirle por más tiempo su horrible olor congénito. Comía más que un tubo digestivo, sus eructos de satisfacción la enloquecían y su voz tan ronca jamás le permitieron susurrarle un secreto a sus oídos. Además de todo esto, el hombre no se cansaba de gritarle en público hasta desahogarse que, tenía que verla algún día sumida en la miseria y miándose parada en los callejones y calles del pueblo, esto fue para ella como si de repente un golpe le hubiera cercenado los atributos de la alegría.

Dicen las malas lenguas del pueblo que éste señor, de cara colorada, ojos separados y dentadura de bebé, nada lograba desarrugarle el seño de la frente, era el hombre más verraco de la región. Caminaba las calles con un “perrero” en la mano azotando la tierra y desafiando sin miedo al Diablo. De tanto maldecirlo, sonsacarlo y culparlo día y noche de su mala suerte en la vida, el Diablo tomó la decisión de llevárselo.

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La Baldomera recalcaba que, lo que más anhelaba en la vida era caminar por el mundo como una mariposa errante volando en la luz del sol, ya que su magullado corazón estaba cansado de solo sufrir por amor.

Ella se quejaba de seguir recordando todos los días esas dos descalabros sentimentales de su vida conyugal que la afectaban vivamente pero que jamás se entregaría al dolor. Decía además que había de ser mujer para saber como se sufría con estas calamidades, pero que a la larga fue lo mejor que pudo sucederle en ese tiempo, pues los compromisos conyugales lo que hacían era cortarle las alas. Además ella estaba acostumbrada a no tener jefe ni capataz que le impidiera disfrutar la vida a plenitud y hacer siempre lo que se le daba la gana. Finalmente después de llorar todo lo que le dio la gana, tomó las mejores decisiones, como se lo había aconsejado su corazón, ya que para ella el corazón sabe más que la inteligencia.

Desde entonces la Baldomera decidió suprimir todo lo que tuviera que ver con la relación de marido y mujer. Decía además con una gran melancolía, que lo malo de todo esto era que, “los recuerdos buenos duran mucho tiempo, pero los malos duran mucho más”. Su nombre completo es un misterio, solamente se le conoce como “Baldomera”. Creo sinceramente que resultaría incomodo llamarla con otro nombre.

Acariciado por una sutil emoción, Lizardo saludó con una confianza antigua:

------ ¡”Quiiihuboo”,..como estas Baldomera, que hay de vaina!.

La Baldomera se encontraba echadota en un asiento con los parpados apretados, quizás con sus recuerdos momificados por el tiempo, dueña de una flojera inmensa y rodeada por un ambiente que tenía un olor especial, resultado de los comejenes y murciélagos. Reflejando en su cara el paso inexorable del tiempo, me dio ahora si la impresión exacta, que ya había cruzado la edad fértil.

--------Aquí guindada de los Santos y viviendo del milagro de la esperanza hasta donde me sea posible.

Soñolienta con las pupilas trasnochadas, semejaba a una persona que le importaba más la muerte que la vida. Lucía un par de rosas roja plástica acomodadas a cada lado de sus orejas. Con una voz chillona, como si ella la hubiera inventado, agregó:

------ Como dicen los chaluperos de este pueblo: “con el culo tullido” y más aburrida que un marica sin plata. ---La Bardomera carraspeo algo que le obstruía la garganta--- .Además soñando fantasías eróticas con vampiro y más chorreada que palo debajo de un gallinero. Por lo demás estoy tranquilamente tranquila, escuchando todavía los latidos de esta tártara vieja.

Refregándose los ojos para reconocernos y luego entrecerrándolos para ver mejor, se le notó que sus parpados estaban recargados de un maquillaje policromado y recalcó con un acento apasionado:

-----Bueno, más bien estoy viva de “pura chiripa”, porque creo que Dios me conoce y con los empujoncitos que me da, estoy un poquito regular.

La Baldomera se revolvió en el asiento y saltó a tierra sin auxilio de su fuerza sino el de su alegría y calló sobre sus delgados pies. Valiéndome de la curiosidad natural de los ojos, pude reparar mejor su figura desmirriada, semejante a una vela, pobre de busto, talle de hormiga, tenía sus pies huesudos con un par de juanetes que parecían estallar.

Ataviada con un glamouroso traje color solferino luminoso de grandes flores estampadas y cruzada en espiral por un encaje plateado de tres dedos de ancho, semejaba al de una condesa arruinada. El traje le caía como dos pistolas a un santo, daba la impresión que se lo hubiesen cosido puesto. Su cara engripada estaba pintarrajeada de un maquillaje cuarteado y viejo. Debajo de sus ojos tenía bolsa y arrugas. Lucia con orgullo un par de teta talla cero.

Con una mirada beatifica, sus ojos brillaron al ver a Lizardo, pero con aquel brillo que solo puede salir de los ojos de un enamorado o por lo contrario, de algo especial.
Después, con un gesto de sorpresa y la cara un poco maquillada por la alegría, emitió un chillido desde lo más hondo de su garganta como de esos que pugnan por salir del alma:

-------- Epa,..eeepa,..¡ayy Dios Mio,…eres tú Lizardo!,…Hay quienes creemos que la casualidad no existe y fíjate tú, casualmente presentía que hoy, iba a tener un pedazo de día bueno. ---Continuó diciendo---Cuando el rico visita a un pobre, conveniencia le va a dar, seguro que un burro se le ha muerto y no tiene quien se lo vaya a botar.

Lizardo y yo retuvimos la respiración por un momento. Un extraño estimulo recorrió el cuerpo de la Baldomera, su rostro rejuveneció, sus ojos se le abrieron desmesuradamente lo mismo que su boca, Inmediatamente se echo un beso en la palma de su mano y lo sopló directo a Lizardo, diciendo:

------Caramba muchacho,…”haceaaañoos” de no oírte la voz. Después de una ausencia prolongada, todavía conservo vivito y coleando tus recuerdos. Ahora si creo que el infierno es un lugar privado del amor.

Se estiró perezosamente como sí se despertara de una reparadora siesta, luego hizo un giro para desentubarse la espina dorsal, se sacudió como un perro, las costuras de su traje y las pulseras gritaron. Con una aflicción dibujada en su cara, dijo:

------ ¡Que horror,..Sin meter a la flojera, me siento “arrengaa”!, los huesos y las coyunturas me traicionan.

------Eso se llama artrosis, dijo Lizardo.

Con una sonrisa en sus labios y los ojos inmóviles mirando fijamente a Lizardo, contestó:

-----¿Artrosis?...aquí todavía lo llamamos vejez.

Frotándose con los dedos sus ojos cansados y reventones, dijo además:

----------También debe ser por estar recordando todas las cosas de las pesadillas. Ahorita mismo lo que más me “jode” es, estar estrenando todos los días una angustia. ¡Carajoo! me hicieron ustedes asustar el aburrimiento y los malos pensamientos. ¡Pasen, pasen “pa acá”! Tenía rato de no tener un día bueno. Desde hace días una mariposa grande me anunciaba incesantemente esta visita.

Avanzamos a su encuentro, ya cerca, le percibí un fuerte olor a naftalina del pasado y respiré su olor a cigarrillo. Me sentí en esos momentos el pecho lleno de una ansia delirante pero fue calmada por el sutil encanto de una aspirada de aire distinto. Después de todo esto pasamos a los saludos y abrazos. Le tendí la mano para saludarla, la Baldomera la busco, la tomo y me la envolvió como si fuera una araña, sintiéndole diez dedos largos y nudosos. Le apreté su mano también sintiéndole su peso corporal. Inmediatamente me vociferó con un tono de voz de fumadora:

------ ¡Carajo “pelao” tienes esa mano temblosa y sudorosa! ¿qué te pasa?

Luego alzó sus delgados brazos hasta donde las articulaciones le permitieron, busco a Lizardo, faltándole dos pasos se le abalanzó y lo encerró y estrechó contra su esquelético pecho, le propino un largo beso en el cachete y hundió mimosamente la cara en el cuello. Cuando tuvo la oportunidad de suspirar, le apretó el lóbulo de la oreja con sus labios y lo encariñaba. Lizardo la levantaba y la bajaba con mucha facilidad, como si careciera de peso y la besó también en el cachete con una ternura indecisa y sacudieron el polvo de una vieja amistad. Así permanecieron estrechamente unidos como un nudo marinero, enredados con los brazos y confundidos en una misma sombra. Después quedaron cara a cara casi tocándose las narices y se dijeron muchas cosas en el idioma de las miradas. Pude observar como la Baldomera se sonrió y todas las patas de gallo se le amontonaron en las comisuras de sus ojos y soltó un suspiro que la estremeció. A Lizardo le sucedió todo lo contrario, el abrazo lo dejo turulato, poco le faltó para que el abrazo de emoción le fracturara la espina dorsal.

Ya separados, la Baldomera jadeante y con una sonrisa de afiche, le lanzó un nuevo beso, pero esta vez con las puntas de sus dedos guiñanándole el ojo derecho, diciéndole en voz alta:

------ Anhelo confesarte algo, desde hace un rato largo vengo con la idea de dejarme crecer la barriga con dignidad, y al fin “Dioss” mío después de esperar tanto rato, se cumplirán esos deseos.

Lizardo también le devuelve el difícil guiño y dijo:

------- ¡Bueno! la espera es un martirio lento y demoledor, al fin conocerás los placeres inefables de la maternidad.

Todo el cuerpo de la Baldomera se estremeció en una sola expresión de alegría y sus pestañas abanicaron. Luego miró con fijeza por bastantes segundos, como queriendo encontrar en los ojos de Lizardo otra más secreta intención.

-------Voy a decirte otra de mis estupideces,… en mis mejores sueños tú eras el “chacho de la película”.

------ Con una mirada que se parecía más a un abrazo y mostrándole la palma de la mano a Lizardo, siguió diciendo:

-------Tengo plasmada en esta mano, quien sabe cuantas llegadas y despedidas tuyas, tampoco necesito cerrar los ojos para recordar tus entradas a este rancho, ni tiempo para revivir tus travesuras. No has cambiado nadita muchacho. Es verdad lo que dicen por ahí: El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarentas, ni sabio a los cincuenta nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico, ni sabio y ni un cipote.

Luego Lizardo con una informalidad temerosa y tratando de enaltecer a la Baldomera, le dijo con estos piropos sus atractivos:

------ Estas muy bien Baldomera, te veo como una pieza de joyería, no has perdido el esplendor de la sonrisa ni la famosa belleza Helénica. Todavía tienes todos los atributos para encender otra nueva guerra de Troya.

Toda su alegría pareció escapársele de un solo salto. Con una expresión taciturna, la Baldomera fijo su mirada al techo oscuro y profundo de su casa, pareciera que sus pensamientos caminaran sobre el filo de sus recuerdos. Primero dijo “no” con la cabeza, luego lo confirmo con palabras y con una voz cloqueante y malograda por la maldad del cigarrillo, le dijo:

------ ¡Nooo, que vaa!..ya me siento herida de la ingratitud del tiempo. Estoy más acabada que el juego de perinola. Con estos cincuenta pasaditos tengo el sol en la espalda, la vida se me desbarata poco a poco, ya mi piel esta ajada por los años. Mi reloj biológico se esta enmarañando. Además hacía bastante rato que no me decían esos piropos.

Dudando por un momento mientras encontraba la palabra exacta, Lizardo me miró astutamente con el rabillo del ojo y le dijo:

------ Yo lo veo todo lo contrario, parece que hubieras estado en estos últimos años metida dentro de unos bloques de hielote. Te juro Baldomera que no se te notan las secuelas dejadas por el paso de la edad. Te recuerdo que el morrocoy puede durar más de cien años y esos años no los aparenta. También te diré que los árboles viejos dan hojas verdes, flores bonitas y frutos jugosos.

------- Habrase visto semejante piropo, así me ves y me comparas tu ahora. El que no ha cambiado nada eres tú, sigues con la misma cara del interior del país.

Se hizo un silencio que aproveché para carraspear. La Baldomera apartó la vista como si estuviera pensando en otra cosa o tal vez ferrocarrileando las ideas y dijo nuevamente---. Bueno, si tú lo ves así.

Con sus ojos fijos en los de ella Lizardo besó dos veces los dedos en cruz y dijo:

------- ¡Por mi madre!,…no te estoy mamando gallo Baldomera, lo que estoy diciendo es lo que mis ojos ven. En verdad se te nota una férrea voluntad de vivir y eso me alegra mucho.

------- Quiero empezar diciéndote Lizardo que lo de férrea, te lo creo, en realidad siento muchas motivaciones de vivir muchos años y así de esta forma no darle gusto a quienes se la pasan deseándome la muerte,…porque como es natural, uno casi siempre piensa que, el que se va morir es otro y no, uno.

(Vale la pena decir que, para la mayoría de las mujeres, los cincuenta es una edad en la que empiezan a pensar en la vejez como algo verdaderamente desastroso, mientras tanto se hacen la vista gorda. Pero la verdadera realidad es otra.

Cruzar la barrera de los Cincuenta años de edad tanto para los hombres como mujeres es una crisis, mientras que para otros es un tiempo de cambios. También es como detenerse a pensar, reflexionar sobre lo que ha sido la vida para reestructurar el futuro.

La crisis de los Cincuenta, la cual se presenta a raíz de las transformaciones físicas y biológicas. En esa edad o etapa de la vida, empezamos a preguntar qué se ha logrado, quién es y qué quiere seguir haciendo. Ante todos esos cambios presentamos una crisis de reestructuración y para superarla, debemos aceptar las propias limitaciones, lo que ya no se ha logrado y lo que no se puede lograr.

Entonces, que bien que exista la crisis de los Cincuenta, porque nos permite terminar de hacer las cosas que no hemos logrado... Es como una evaluación que se da justo a la mitad de la vida. Llegar a la mitad de la vida no tiene que ser un caos.)

Con una expresión amedrentadora, la Baldomera añadió después de un trago de saliva:

-------Te diré francamente Lizardo que yo siempre paso con una congoja que me deprime, que ni cagar en paz me deja y es de estar pensando en esa manía de uno tener que morirse.

Lizardo cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro para pensar mejor y mirando fijamente aquel techo ennegrecido por el humo buscando la contestación, dijo al fin:

------El mayor disfrute es sentirse uno vivo. La muerte es algo por lo que merece la pena preocuparse, también debes pensar que la muerte es un problema que cada uno tiene encima. Pero la realidad de todo esto es que, para descansar esta la muerte.

Con los párpados caídos que le daban aspecto de una tortuga y todavía con un saldo de recuerdos melancólicos la Baldomera respondió:

------ Es la pura verdad, de este mundo no hay manera de salir con vida, porque hasta la vida es una enfermedad que termina por matarnos, y lo peor de todo es que, esta vaina solo sucede una sola vez.

Mientras Lizardo hablaba la Baldomera asentía con un vaivén de cabeza.

------ Si, si, así es, la vida es una sola, no hay otra, por lo menos en este planeta, --dijo Lizardo---. Unos dicen, que la muerte es la recompensa de la vida porque sin ella no habría resurrección y otros dicen que por la muerte hemos inventado a Dios porque si fuéramos eternos no lo necesitaríamos.

-------”Verdáa”,…definitivamente cualquier día es bueno para dejar este mundo.

Lizardo retorciéndose todos los dedos de las manos y mirando para todos los lados en una forma perseverante, prosiguió----. Oye Baldomera dime una cosa, ¿Estás sola?

----- ¿Sola? ¡Ayyy carajo!! que preguntota,…ojala. Aquí paso el tiempo adorándome el ombligo y soportando la compañía del silencio y de la soledad.

Después de una pausa y con una media sonrisa la Baldomera encendió otro mechón para iluminar mejor el espacio, luego miró fijamente la llama como si aquella minúscula candela estuviera ardiendo y consumiendo su vida misma y agregó:
------ Fíjate,..a pesar que el silencio y la soledad han sido siempre los más grandes temores de mi vida, son los mejores vientos para mis alas, son los momentos para pensar y poner en orden estos torbellinos caóticos de recuerdos. Pero lo mejor de todo esto es que, me encuentro muy bien de salud,..todavía no arrastro los pies, ni tampoco necesito las paredes para poder caminar.

Permanecimos en medio de un opresivo silencio, pero afuera en el fondo del patio, donde la única realidad que se veía era la oscuridad, se escuchaban los sonsonetes metálicos de las chicharras, los zumbidos de los mosquitos y grillos, el croar de los sapos y ranas. La mezcla de los sonidos alimentados por la oscuridad, traspasaba las ventanas, puertas, paredes y me repicaban en los oídos. Todo se mezclaba en un solo rumor generalizado en el espacio como queriendo cada uno de ellos ser el mejor tenor.

Como la oscuridad tiene el misterio de favorecer el nacimiento de los sueños igualmente tiene el poder de acercar ruidos lejanos, se oyeron los ladridos desesperados de unos perros. Se oían a los jugadores de dominó contar con regocijo sus groserías y obscenidades festejando su triunfo. También los jolgorios típico de fiestas de los borrachitos pendencieros cantando a pleno pulmón y gritando emocionadamente endomingados por las largas jornadas etílicas en las dormidas calles, ya que en ese entonces no se conocía la marihuana ni mucho menos la cocaína en el pueblo.

Los acostumbrados bocinazos de música ranchera, vallenato, Pedro Laza y sus Pelayeros, Rufo Garrido, los Corraleros de Majagual sonaban por todos los rincones.

El recinto quedó por un instante en silencio, excepto el ruido natural de mis orejas y que fue interrumpido por un bocinazo, transmitido por el más versado de los comunicadores sociales de la región, el “Espiritual Pinteño”. Locutor que su única prótesis era el micrófono. Su voz recia y fluida, semejando a un presentador de pelea de boxeo, lanzaba diariamente al aire todos los acontecimientos cotidianos del pueblo, igualmente los nuevos sucesos del mundo discográfico, los mensajes de apasionados e incógnitos enamorados, los viajes con la dificultad del retorno. Todos estos acontecimientos, al igual que un ventarrón corrían por encima de los techos de las casas del pueblo:

------ ¡Damas y caballeros, desde “aquíiii”, el “Espiritual Pinteño” desnudando y transmitiendo los mensajesssss y deleitándolos con la mejor música de fiesta bravaaaa, interpretada por los treinta y cinco músicos que componen la sinfónica de “Chochó” y como si fuera poco también la banda 23 de Enerooo. Oirán a continuación un famoso “porro” que les pondrán l todos os pelos de punta,.. me refiero nada más ni nada menos que el himno de la Sabanas de Bolívar…Maaaríaaaa varillaaaa!

Al comenzar aquella música celestial de las sabanas de Bolívar y Córdoba, creo que sentimos una descarga eléctrica. Cuando ya estábamos con los pelos de punta y cautivado por la música, la Baldomera a pesar que la inexorabilidad del tiempo la doblegaba, con una sobredosis de pila brincó como una rana y empezó con unos movimientos de boxeo de sombra. Se escuchó de inmediato el ruido seco de un fuerte puñetazo que le propinó a una inocente mesa coja, confundiéndose el golpe con un grito:

------- ¡”Ayyyy caraajooo Diosss” mío…esta música me espeluca!

Los genes de bailarina le recorrieron el cuerpo e inmediatamente inició un tamboriteo con los nudillos de sus dedos contra el espaldar de cuero del taburete y seguía el ritmo con un bamboleo mágico en su cabeza y al mismo tiempo tarareaba la canción. Sus movimientos por muy simple que fueran, eran acompañados por el sonido de sus pulseras. A Lizardo se le movían los pies y la cabeza sin darse cuenta, todo aquello parecía romper la tensión. Cuando a la Baldomera las emociones se le alborotaron y se le mezclo la adrenalina con la música, se agarró con fuerza del borde de la mesa para auxiliar a sus pulmones y lanzó otro grito herido:

------ ¡”Güeeeepajéeee”,…la vida es un fandango y quien no lo baila y lo goza es un pendejo! ¡Esta música no puedo quitármela de la cabeza Dios míooo! El que nunca ha bailado un porro, jamás podría imaginarse lo que es el placer de” bailá”.

La Baldomera entusiasmada por aquella música celestial y con una agilidad de gato, tomó y jaló por las mangas de la camisa de Lizardo obligándolo por la fuerza a bailar, pero éste arrastrando los tacones contra el suelo se resistía a hacerlo. Con un vesánico afán la Baldomera lo tomó por la pretina pero Lizardo se le escabulló con la agilidad de un bocachico resbaladizo.

------ ¡Nojoodaaa Lizardo!, tú si eres bobo y raro,..si lo más universal que yo sepa, es el baile,....eres un aguafiestas!...eres el único pendejo de este pueblo que no le gusta “bailaa”. Mírame como sudo sabrosura por cada poro.

Inmediatamente corrió a la cocina y regresó con una escoba en sus manos, para remplazar a Lizardo. Tomando del talle a la escoba la abrazó y acurrucándose con el palo simulaba tener a Lizardo entre sus brazos y se zangoloteaba con cierta inmoralidad al ritmo de la música.

------ No te preocupes Lizardo, que ya solucioné mis ganas de “bailaa”, además, las mujeres de este pueblo estamos “acostumbrá” a “bailá” con música “silbáa” y de parejo un palo de escoba.

La Baldomera gozaba más que diablo en candela. Contoneando las diminutas nalgas, haciendo piruetas y giros peligrosos de trescientos sesenta grados con el palo de la escoba desafiaba el equilibrio, parecía una marioneta manejada con hilos eléctricos. Yo me quedaba embelezado viendo por largo rato a la sombra bailar, no sabía quien lo hacía mejor, si la Baldomera o su sombra proyectada en la pared.

------- ¡”Ayayayyyy” nojoda grapa vieja, atésate, que vas pa´un guayacán!!....¡ La vida es bonita carajooo!!...¡El que no se anima a “bailaa” este porro que desafloja el alma, por mi madre que no sabe de música ni de baile!!!

Con las cuerdas de su cuello bien tensas y una voz bien timbrada, llevó los ojos y las manos al cielo y lanzó un quemarropa:

------- ¡La vida es linda y hay que sacarle el mayor jugo posible!!. Tengo que ser alegre para sobrellevar la tragedia de mi vida,.. También tengo que aprender a “disfrutaa” de los problemas.

A pesar de estar solamente los tres, sentíamos un “muñuñamiento” por sus felinos desplazamientos. Nuestras sombras nerviosas se arremolinaban por el suelo y las que se dibujaban en las paredes de cal. Nos movíamos para todos los lados dándole más espacio a la bailarina que hacía pases de circo y pataleteaba como si bailara sobre un tucero, rompiendo todas las leyes de la gravedad. Con una agilidad joven reculando rápido como si caminara sobre arenas movedizas, la Baldomera quemó el último cartucho de alegría sacándole dos verónicas a la escoba y quedando con ella finalmente abrazada. Miré la cara de Lizardo que babeaba por las comisuras de su boca e inmediatamente yo me sequé las mías con las mangas de la camisa a la altura del los hombros.

Jadeando por falta de oxigeno, nos medio dijo:

-----A veces al intentar una gracia, lo que me sale es una morisqueta.

Todavía tambaleándose con la sangre desaparecida de su cara y espurreando saliva gritó:

---¡”Mieerdaaa” es la primera vez que las rodillas me fallan. Luego con los ojos desorbitados gritó:

¡Lizardo, aguántame que estoy “mariá”!, parece que la bilis se me rebotó.

Efectivamente cuando se le acabó la emoción y toda sonambulesca con el pelo tieso de la laca, respirando por la boca, las ojeras oscuras como caverna, la Baldomera arrugó toda su cara como si tocara con sus manos algo feo, sintió la bilis en la boca y tuvo que escupirla, sintiéndose un fuerte olor a sal añeja, y dijo:

------ Así vieja como estoy, seguiré dándole en la madre a muchas nuevecitas. Que recuerde, jamás había bailado así.

Terminada la canción y a pesar de todo el maltrato dejado por los pases de baile y el sabor de la bilis, la cara de la Baldomera estaba iluminada de una alegría como si estuviera contando dinero propio. A pesar que el serrucho y el pito del asma la atormentaban, como una autómata tomó un cigarrillo, lo acomodó en un lado de su boca, luego raspó un fósforo y lo encendió. Aspiró con fuerza, toda su cabeza se le encendió de una luz anaranjada mostrando su cara como una gata callejera, luego dijo crispando todo su cuerpo y con el poco aire que no le alcanzaba para terminar la última palabra:

--------El cigarrillo es mi mejor inha-la-dor.

Lizardo y yo nos miramos, pareciera que tuviéramos el mismo pensamiento y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, involuntariamente reprimíamos la respiración. Luego dijo la Baldomera todavía con el sobresalto de los suspiros:

------ ¡Eeecheee¡ por poco me da una vaina. Que lástima que se haya terminado porque la música me hace sentir cosas que no conozco dentro de mí. Nada ha hecho más por nosotros que esta música de porro. ---Para recuperar la placidez del cansancio le dijo a Lizardo----. Dame acá ese “tabrete” que estoy “encalambra” y todo lo veo hueco. Yo en realidad no se “bailá”, pero lo que quería era “bailá”

Lizardo le prestó sus brazos para ayudarla a sentar. Con una intención de alivio la Baldomera hizo una pedorreta con sus labios sin sangre se acercó al taburete dando tumbos con sus pasos pendulares y se desgonzó como un saco de arroz abatida por la bilis. Sacando fuerza de sus vísceras, dijo con un gañido y una risa hecha añicos:

------!Ave María Purísima me siento todos los nervios nerviosos y siento el peor de todos los calambres¡

Un poco reposada con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza colocada entre su brazo la Baldomera dijo finalmente:

------Ni yo misma no lo creo, pero esto ya llegó al llevadero, me siento como si me hubieran dado un garrotazo cochinero, pero tengo que aprovechar estos momentos ya que he pasado por todos, menos por la felicidad.

Cuando toda nuestra atención estaba concentrada en lo que se oía y alcanzábamos el punto máximo del frenesí, Lizardo con sus brazos cruzados en el pecho y sus manos escondidas en los sobacos, interrumpió el preciso momento para responderle atrasadamente a la Baldomera, afirmando:

------- La soledad y el silencio, también son buena compañía, no son tan malas como crees. La soledad y el silencio son los más cercanos a la felicidad.

Tratando de dominar la agitación dejada por el baile y con un gesto de añoranza respondió casi al instante con una voz cortada:

-------”Nooo” que “vaa”,…esa vaina es más aterradora que una pelea con machetes.—Continuó diciendo la Baldomera--De lo que estoy más segura es que, solo un corazón valiente puede enfrentar a la soledad y al silencio. Tú no tienes ni la más mínima idea, lo que es cruzar el desierto de la soledad y el espacio oscuro del silencio. Nunca me había dado cuenta de la tremenda fuerza interior de la soledad y el daño que hace. Tu estas muy “pelao” para entender estas cosas, todavía no has recorrido los vericuetos de la vida. Cuando ya yo razonaba, tú todavía, no eras ni espermatozoide.

Permanecimos ambos inmóviles como figuras de piedra, hasta cuando la Baldomera cambiando el tema, inquirió a Lizardo con una curiosa sonrisa mirándole fijamente la cara:

------ ¿Carajo niño y cuántos añitos tienes tú ya---. Inmediatamente repreguntó.---¿Ya tu tienes tus añitos?. Yo creo Lizardo, que tú eres un poquito mayor que el famoso y desastroso “Frente Nacional” ¿si ó no?

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