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Madrugada En El Infierno

Updated: Dec 9, 2022

La suerte intervino al curucutear un viejo libro de la secundaria y encontrar lo que no buscaba: varias hojas cuadriculadas sujetadas con un viejo clip, que demarcaba su figura con su propio óxido. Los apuntes —con un olor de antaño, con letras grandes apretadas y con otras escritas con una máquina de escribir Remington, que perforaba y saltaba letras— contenían la esencia y magia de un escrito. Los apuntes que llenaban las hojas eran la espina dorsal de la narración Madrugada en el infierno. Las hojas en mis manos me llenaron de coraje para tomar la decisiónde terminar lo que dormía en mi mente. Busqué de inmediato una silla y una mesa, y me despojé de las chancletas para recomenzarla nuevamente, pero esta vez con más ventajas tecnológicas: con una computadora portátil. Pueda ser que ahora tenga la fortuna de seguirla y finalizarla, ya que el azar me ofrece nuevamente esta oportunidad. También puede ser que la inspiración haya querido esperar hasta este momento. Así comenzaba la primera hoja: Hay sucesos que perduran en la historia de los pueblos, como este, a pesar de haber transcurrido décadas, quizás por aquello de que la memoria de las grandes tragedias es más duradera que la memoria de las grandes virtudes. Lo curioso es que, de todos estos hechos, lo que más recuerdan sus habitantes son el nacimiento y amoríos de Teobaldo Arciniega Collantes.

Sería más fácil encontrar una aguja en un pajar que un médico en toda la región. Pero, gracias a Dios, las comadronas, los curanderos y los brujos suplían un vacío tan grande. La muerte perinatal era evidente; los padecimientos por un mal embarazo mostraban sus consecuencias. La comadrona, que aparentaba tener entre 55 y 65 años —pero, en realidad tenía solo 40—, conocedora de los secretos de las mujeres para partearlas, se encontraba preocupada y confusa. Tocaba el vientre a la paciente, asegurando que se trataba de un varón, ya que la barriga que presentaba era completamente puntiaguda y no redonda. Exploraba la vía por donde tendría que salir la criatura haciendo como una especie de episiotomía con sus dedos y con sus uñas. Luego buscaba por varios puntos el latido fetal, pegando sus oídos con su boca abierta en la barriga de la madre, para que no le molestara el ruido de su respiración, y así poder detectar con precisión lo que acontecía en ese otro mundo. Rezaba con fe: “Oh, glorioso San Ramón Nonato, escucha esta plegaria y encárgate tú de este parto que se aproxima”.

Atosigada por las dudas y más enredada que una madeja de estopa, exclamó unas palabras que horrorizarían a cualquiera, pero el tono con que las dijo las convirtió en tranquilizadoras. Con un suspiro largo para soportar su impresión y con lágrimas de sudor, afirmó moviendo los brazos abiertos y acompañada de una sabiduría intuitiva: “¡Dios mío, parece estar muerto sin haber nacido, sin haber llegado a este otro mundo!”. Todo se desarrollaba más como una enfermedad que como una forma natural de llegar al mundo. Las circunstancias auguraban una muerte para ambos. El saco de líquido amniótico dentro de la tripa de su madre se había roto, y el bebé había sido despedido definitivamente de la barriga de su mamá. Apenas salió, la partera limpió su cara de sangre y heces maternas, colocó dos nudos a cuatro dedos de distancia en el cordón umbilical e inmediatamente esterilizó la tijera con la llama de una vela de cebo que la alumbraba, y cortó entre los dos amarres. Bañó el muñón del ombligo con cuatro tapas de yodo y, finalmente, lo fajó. Luego le puso un botón grande de nácar en el centro, porque, según ella, evitaría un ombligo perillón para toda su vida. En los brazos de la comadrona, el recién nacido fue atacado por un hipo incontrolable, mostrando un líquido pegajoso color verdoso en la boca y en la cara. Sus miembros se retorcían; nadie podía haber imaginado que pudiera tener tanta fuerza aquella criaturita que luchaba para alcanzar una bocanada de aire. La comadrona tenía que apretar el cuerpecito escurridizo contra su pecho para que no se le escapara de sus manos como un pescado. Luego de escasos diez minutos, su cuello tomó una postura hacia atrás; un color morado cubrió todo su cuerpo y, finalmente, quedó rígido. La comadrona mostró al bebé a los presentes, zarandeándolo entre sus manos. Con una negación de su cabeza y con un cerrar de párpados, dio el trágico diagnóstico a los presentes: ¡Es una criatura sin pecado que se devuelve directo al cielo! Los intermediarios entre la criatura y la madre no funcionaban. Sus pulmones están rellenos de agua, donde nadaba, y esa agua estaba completamente teñida de su propia caca. Además, la "glándula espiritual" estaba cerrada, y su alma no alcanzó a encarnarse en su cuerpecito. Hice todo lo posible e imposible por abrir ese canal espiritual, pero todos los esfuerzos fueron en vano, y mis rezos no sirvieron para nada. Efectivamente, el meconio estaba revuelto en el líquido amniótico y fue inhalado por los pulmones. Parecía que el milagro del nacimiento no se había dado: la enigmática "glándula espiritual" no lo había permitido. El hijo del inspector parecía no respirar. Fue un parto traumático que, por falta de tiempo, se realizó sobre una troja de la cocina. La partera mecía al recién nacido en el aire, como dibujando una cruz, mientras sus ojos buscaban el mejor rincón para acomodarlo. Parando su mirada en un pedazo de lámina de zinc tirada en la tierra, corrió, y lo acomodó como un objeto peligroso, para intentar salvar a su madre. La criatura no alcanzó a gozar de los acariciadores brazos, el beso delirante del amor de los amores, el asomo de las lágrimas regocijadas de la madre, que le había dado la vida por unos instantes. Pasadas unas horas, su abuelo, con el peor pesar, miraba a su nieto tirado en aquel pedazo de hojalata. Se acercó enternecido, con su cara surcada de arrugas y con la nostalgia de la tragedia en su estómago, para contemplar a su nieto. Exhalando suspiros hondísimos, encajó la quijada en el pecho, y así estuvo por un rato, dominado por el dolor. Luego reflexionó, como si estuviera esperando que alguien tomara nota de lo que decía: Vea, pues, qué cosa: en algún punto de la vida, la bendita muerte ha de llegar. La naturaleza humana está hecha de tal forma que nadie puede sobrepasar el terreno que le es asignado por ese tal destino. No sé lo que siento ahora; parece que soy yo el que hubiera muerto.

Mientras cubría el cuerpecito con el paño de secarse las manos en el aguamanil, advirtió que la criatura no tenía las pupilas dilatadas; no estaba frío: no presentaba rigor mortis. Lo movió bruscamente y, en ese mismo instante, el bebé se aferró con fuerza a su dedo pulgar, y emitió un chillido que le heló el cuerpo y le pateó el corazón en el pecho. El abuelo abrió desmesuradamente sus ojos, y notó que el recién nacido también hacía lo mismo. Luego, con la alegría más grande, lo alzó con las manos. Lo lanzaba hacia arriba y lo recibía de nuevo en sus brazos para que tomara una bocanada de aire con más oxígeno. “Vivir es estar siempre a merced de que nos suceda algo extraordinario, y recibir las perplejidades del tiempo”. Así relató Teobaldo Arciniega padre el nacimiento de su hijo Teobaldo Arciniega Callantes.

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Es frecuente que se le asignen a la prole bondades o, por el contrario, defectos de su ascendencia. Si una mujer es bella, lo más probable es por su mamá o por su abuela; si es inteligente, allí aparece su papá y, si es atravesado, entonces señalan a la oveja negra de la familia. El abuelo del bebé, intrigado por no conocer la sonrisa de su nieto recién nacido, aprovechaba la oportunidad y llegaba a su cuarto. Se aseguraba de trancar la puerta para evitar sorpresas, y luego le brincaba y sacaba las mejores mímicas de su cara para lograr conocer la sonrisa de su nieto. Pero jamás pudo lograr lo que ni los sueños pudieron. Un día se preguntó: “Caramba… ¿será la carga genética o el entorno?”. El entorno estaría descartado, ya que el bebé aún no daba cuenta del comportamiento familiar. Teobaldo Arciniega Callantes fue el émulo de su padre y de su abuelo. Los Arciniega tenían una rara condición: seguir viviendo en la misma casa que habían construido sus antepasados (es decir, la casa solariega). Teobaldo Arciniega Collantes, excepto el día de su nacimiento, jamás en sus años de vida estuvo enfermo. Era un hombre alto, bien alimentado; en sus entrañas escondía una gran fortaleza. Pelo negro grasoso echado siempre en la frente; unas patillas trabadas en las comisuras labiales, que se unían al espeso bigote terminado en punta (que le llegaba por debajo de la quijada, donde se escondían unos labios dársenos). Sobresalía de su cara una quijada prominente, donde se sujetaba una dentadura fuerte y amarillenta, que raramente exhibía. La piel de la frente, arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de los pelos de su cabeza acreditaba la violencia de su carácter y su soberbia.

Se mostraba como el inspector de policía más inspector que se podría ser en el mundo: de solo mirarlo, metía miedo. Poseedor de una inteligencia torpe, más imaginativa que lógica. Prefería, por sobre todas las cosas, su propia compañía. La bondad no formaba parte de su personalidad, y el oficio como inspector de policía no le permitía acostumbrarse a las expresiones de gratitud. Era poseedor de una rara y admirable virtud: el coraje. Siempre comentaban en el pueblo que Teobaldo era de esos hombres que nacen con gasolina en las venas. Su autoridad era como una ausencia de límite. Decía con orgullo que su alma no tenía ni la cuarta parte del temple de la de su papá, y ni por allí de la de su abuelo, el único hombre en toda región que se atrevía a comer carne un Viernes Santo. Únicamente sonreía cuando verdaderamente valía la pena. Tenía gestos circunspectos: jamás toleraba una chanza de cualquier persona. Caminaba siempre tieso de majestad por el centro de las calles, agarrando el pomo del sable ceñido a la cintura, como si buscara a un enemigo susceptible de surgir en cualquier esquina. Siempre con la camisa abotonada hasta el último ojal. Cualquiera, por más lerdo o lelo que fuera, podía imaginarse que él era allí la primera autoridad. Es grave juzgar a alguien por su parentela o por su progenitor; nadie tiene la culpa del comportamiento ajeno. Pero, para la mayoría de los habitantes, los Teobaldo Arciniega fueron los personajes más abyectos en la región.

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Un mediodía, el sol avanzaba por el cielo sin nube, limpio e interminable; las nubes dilataban los ojos, y se respiraba un aire impregnado del olor dulcísimo de las procelosas aguas de la extensa ciénaga. Llegaba, como de costumbre, la lancha cabeceando sobre las erizadas aguas —con más posibilidad de zozobrar que de mantenerse sobre la superficie— procedente de Magangué, para dejar los pasajeros de este puerto. Su motor roncaba parejo; luego cesó el ruido al encallar lejos de la orilla, esparciendo, en la superficie de las aguas erizadas, un aceite que emitía los colores del arco iris. Inmediatamente, la lancha era abordada por vendedores que, en medio del bullicio, vendían sus productos, como el pescado frito, o el chicharrón con bollo. Y también arropillas de panela; deliciosas cocadas de coco con leche dispuestas en círculos, formando una torre blanca y brillante; y quesadillas rellenas con dulce de guayaba, que hacían flaquear el más exigente paladar.

Entre todos esos pasajeros, llegaba Nacarid Oropeza Quintina, con la emoción que la embargaba por el retorno a su pueblo natal después de un corto tiempo de ausencia. La bella joven morena canela, con un cuerpo de sílfide, tenía exactamente dieciocho años de estar en este mundo, con la suerte de ser hermosamente decorada con muchos atributos físicos que la naturaleza rara vez proporciona a otra mortal —cualidades que serían envidiadas por cualquier mujer de la ciudad—. Podía evidenciar más de cuatro rasgos en su cuerpo que la separaban de las demás mujeres, las adecuadas para posar bajo la magia de los pinceles del pintor neerlandés Vermeer. El óvalo de su rostro jamás había tenido la necesidad de ocultarse detrás de un maquillaje; sus labios parecían dibujados con el más fino delineador; sus ojos eran de un azabache intenso; y su pelo era negro, como tinta negra de bolígrafo, y con un brillo metálico. La joven no tenía idea de lo que era la vanidad y estaba invadida por la inocencia. Iba con su cuerpo núbil dentro de un modesto traje que dibujaba la silueta y dejaba al descubierto casi la mitad de los robustos senos y los redondos brazos, que eran el embeleso de corazones y de miradas. Se comentaba que Nacarid aparecía en la mayoría de los sueños masculinos del pueblo. Era la mujer que se robaba los suspiros y mágicamente atraía a los hombres como una flor a las abejas. Su belleza no tenía parangón. Para poder desembarcar, la muchacha tenía que quitarse las sandalias y meter sus hermosos pies dentro del lodazal, ya que las aguas se habían retirado un poco de la tierra firme por aquello de la llegada del verano. Efrén Galíndez Arzuaga, sentado en el suelo con la cachucha volteada en su cabeza, mataba el tiempo degustando una rica y pegajosa arropilla de panela que le llenaba la boca mientras esperaba la lancha procedente de Magangué. Rápidamente se paró del suelo, se limpió los dedos con la camisa mientras la abotonaba; le hizo un nudo a la altura del ombligo, desató los cordones y, con un simple pataleo, se despojó de los zapatos de caucho. Se arremangó el pantalón hasta las rodillas y corrió a auxiliar a la bella pasajera, que se disponía a desembarcar. Entró al lodazal como un toro que se desbarranca; el agua se tiñó de barro tras él por la agitación de su andar, hasta llegar a la lancha y tomarla entre sus brazos como un bebé, para que la bella muchacha no se ensuciara con fango sus morenos pies. La muchacha, muy risueña, aceptó complacida. Su larga y nutrida cabellera negra se desplomó al vacío, bamboleándose con la brisa, reflejando aquel intenso azul del negro. Era una lustrosa cabellera que Nacarid, en compañía de su mamá, cultivaba y masajeaba con aceites de aguacate y ajonjolí, esencia de limón, miel y proteínas de la leche. Otras veces usaban el legendario bicarbonato para exfoliar el cuero cabelludo y darle el mejor de los brillos. Era una bella cabellera apta para representar, en el actual mundo globalizado, cualquier marca de champú.

Con el agua hasta las rodillas, resbalando en el barro del fondo, buscando dónde apoyar los dedos de sus pies, Efrén chapoteaba con la muchacha en brazos, mirando su carnoso escote, su cara arrebolada, y olfateando su perfume natural. Un tic se apoderó de su cara; todo eso fue como recibir el bautismo del amor. También fue la primera vez que Efrén olió bien de cerca el amor y sintió que lo quemaba, despertando algo que para él era completamente raro. Al llegar a la orilla, con gran esfuerzo, buscó poner el pie para salir de allí, para luego bajar a Nacarid con la misma delicadeza con la que se baja la escultura de una santa de yeso. Paladeando todas estas palabras con la mejor sonrisa y con la voz más dulce que les encontró a sus neuronas alborotadas, le sopló al oído, en un tono afable y de manera especial, como un beso con los ojos cerrados: —Nunca había tenido entre mis brazos a una mujer tan bonita, seductora y hechicera como tú. Mariposeando los párpados y mirándolo con sus pupilas negras, brillantes, luminosas, cambiando el rictus de su rostro y buscando en los músculos de la boca su abundante repertorio de sonrisas, escogió la más seductora, y con picardía le devolvió el mismo secreto zalamero, pero lleno de almíbar, poniéndoles alas a las ilusiones de Efrén. Le respondió entre risas: —Mentirosito… No creo que sea la primera vez. Efrén, al escuchar dentro de su cabeza aquella voz, quedó perplejo, sintiendo el desbordamientode los niveles de testosterona, y se estremeció igualito a cómo estremece un milagro del mismo Dios. Todas las señales de placer recorrieron su cara y, como de costumbre, el amor se metió por los ojos y se le acomodó definitivamente en el palacio del corazón. Fue, sin lugar a dudas, aquel amor que no se alcanza a anticipar. Efrén sentía besarla con la mirada y con la mente. Con la peor incertidumbre de un enamorado, le preguntó tímidamente, después de haberse quedado largos segundos pensando: —¿Cuál es tu nombre? —Nacarid Oropeza Quintina —respondió picaronamente con un mudo piropo en los ojos—. ¿Y tú? —Efrén... Efrén Galíndez Arzuaga —dijo sin dejar de temblar como un pollo.

Nacarid, con su maletín en la mano y con su cuerpo silueteado por el traje que el viento azotaba, se alejaba toda vivaracha, buscando su casa, sin dejar de mirar a cada instante hacia atrás. El amor, sin duda, todo lo que toca lo transforma. Efrén se quedó con el oleaje de la respiración en su pecho, sintiendo la irrupción del amor en su corazón y, sin quitarle la vista, la observó irse, pensando quizás aquello de que una mirada de esas hacia atrás es la imagen que queda como promesa por siempre en la cabeza de cualquiera y ocupa un lugar singularísimo en el corazón. Los ojos de Efrén se recreaban en la hermosa figura que se alejaba. Desde entonces,la bella muchacha se convirtió en su doncella inmaculada. Quién pudo imaginar que este desembarco de amor se convirtiera, con el pasar de los días en un desembarco letal, y llevara a los habitantes del pueblo a vivenciar la más horrible pesadilla.

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Efrén tenía exactamente treinta años. El color moreno cubría todo su cuerpo; tenía pelo lacio; el porte atlético de una escultura griega; pecho dividido; y la fuerza arrolladora de la juventud. Su modo de ser lo delataba como un muchacho sencillo, alegre, con su alma libre. Todas las muchachas solteras trataban de cazar al más preciado y escurridizo espécimen masculino del pueblo. Era el primogénito de un modesto matrimonio de agricultores nativos de la región, con quienes compartía labores en compañía de Eladio, su hermano menor. Eran todos ellos el prototipo del campesino, con la legítima estirpe de la región sabanera colombiana, apegada a la tierra.

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La Inspección de Policía estaba adornada con cuatro taburetes de cuero, que todavía no habían dejado de expedir el hedor del cuero bruto, ubicados contra la pared; una fuerte silla con una sosegada sensación de estabilidad frente al escritorio; y la vitrina de los archivos. Un tinajero, que sudaba el agua de su interior, ocupaba una esquina. Había una hamaca enrollada y colgada en un horcón. En el centro del salón, el imponente cepo, el mueble más temido por los machos y cobardes del pueblo. Todos estos muebles tenían su propia historia y lucían herrados con las iniciales del nombre y apellido de su abuelo: "T. A.": "Teobaldo Arciniega". "Hoy sí he sabido lo que es el aburrimiento. Pero, cuando me aburro solo…", se dijo Teobaldo malhumorado, sin terminar la frase. Dando un salto, al instante agarró una vara y corrió detrás de una lagartija que cruzaba su oficina. Le pegó con precisión, y logró dividirla en dos: una mitad salió con la misma carrera cruzando el salón, y la otra quedó dando saltos.

El sol recalentaba todo; era la hora más calurosa en el pueblo. Se percibía un fuerte olor a brea derretida, que impregnaba el aire proveniente del puerto de la ciénaga, donde algunos nativos arreglaban sus canoas. Teobaldo Arciniega Collantes estaba sentado solitariamente en la vetusta silla y al frente de la vieja mesa, que siempre había servido como escritorio. Tenía marcas en los cuatro bordes por las quemaduras de los tabacos de su abuelo. Su camisa mostraba grandes arcos de sudor alrededor de las axilas. Tomaba un pocillo de café con su pie cruzado a la altura de su tobillo y daba papirotazos al papel para que se mantuviera recto ante sus ojos. "Es fastidioso leer con tanto calor. Todas las horas son así: calor con brisa y calor sin brisa", pensó. Seguía con la cabeza el zigzagueo de las letras pero, más que leer, tenía sus pensamientos puestos en su querido abuelo: "A mi abuelo nunca se le oyó pedirle algo a Dios, ni mucho menos a los santos, pero jamás dejó de mirar para el cielo (eso sí, sin decir un carajo). Mi papá era un San Francisco de Asís en comparación con mi abuelo —se dijo con una sonrisa que torcía sus labios—. Siempre estuvo empeñado en que estudiara abogacía. Fue un tema que se le metió entre ceja y ceja. Era un hombre solitario y de pocos amigos; le gustaba decir que era mejor estar solo que mal acompañado". Las remembranzas y los recuerdos se le venían como langostas sobre un sembrado y recorrían los caminos de su memoria: "Es un hecho innegable que los recuerdos siempre han dominado nuestra vida; nos regresan a la primera vez de todas las cosas. Cada recuerdo da vida a otro, y este a otro, y así se viene una cadena larga. A mí, por ejemplo, me ponen a prueba mi antigua niñez y la turbia madurez. A medida que vamos creciendo, asimismo, nos vamos apartando de nuestras ventanas de la niñez, donde sentíamos la vida sin agobios y sin angustias existenciales. Recuerdo que, antes de descubrirse la maldad del azúcar para la salud, ya mi abuelo tomaba el café completamente cerrero, y yo heredé la misma manía. Cuando mi abuelo no tenía aún ochenta años ni yo los diez, recuerdo que decía: 'Cuando me tomo un tinto, me siento con vida y comienzo a reírme de los malestares'. También no se hablaba mal del tabaco: era normal fumar sin miedo y con mucho placer". Luego murmuró en voz alta, como si estuviese con alguien, no sin antes haber dado un sorbo largo de aire: "¡Uff, claro! todo en esta vida tiene su final. Yo llegué a tener, entre tías y tíos, más de treinta. Eso también ya se acabó, y no se repetirá más nunca". Los carajos de Teobaldo resonaban como truenos. El sol no daba tregua; los minutos tenían transcendencia de horas. Disponía del tiempo a su antojo, sin dejar de ventilarse con un abanico de palma de Iraca, impotente al apaciguar la tremenda oleada de calor. "Parece como si se le hubiera acabado el aire a Dios. A veces creo que es mejor no abanicarse para no importunar este calor. Carajo… este pueblo parece ser el horno del calor; los árboles de las calles son el oasis de salvación", se dijo conteniendo el resuello del calor.

Abrió una de las gavetas del escritorio para buscar en el fondo el libro más antiguo de la Inspección. Observó por un instante insectos disecados y el polvo que se acumulaba en el fondo desde años atrás, quizás desde los tiempos de su abuelo. Mientras manoseaba el libro con muchas cicatrices que evidenciaban su uso, gozaba en silencio los recuerdos que lograba sacarle a su mente. Sin dejar de hacer lo que hacía, volteó lentamente para despejar el aire del sistema digestivo. Con una cara nueva y con una memoria lista para seguir recordando, concluyó: “La gente de este pueblo, si no la comparamos con otros, es la mejor del mundo”. Teobaldo proseguía regalándose los mejores recuerdos vividos en su lejana infancia. Pero, a pesar de todos esos días infelices, esos fueron los días más felices de su vida. "¡Qué cosa! Cuando ejercitamos la memoria, cómo afloran por montones los recuerdos… Al dejar de hacerlo, las conexiones del cerebro se esfuman por falta de uso —dedujo exhalando un suspiro de satisfacción—. Recuerdo que me gustaba coger el agua entre mis manos y beberla". En completa calma siguió hablándose mentalmente: "Carajo, el pasado es tan largo que no cabe en la cabeza; cuánto pesan sus maletas… Todavía no creo cómo en este pueblo pudimos sobrevivir al ataque inclemente de las epidemias como, por ejemplo, la papera, el sarampión, la viruela, el paludismo, y otras, sin el auxilio de cualquier vacuna. Solo recuerdo que nuestros padres nos metían unas bolitas de naftalina en los bolsillos para ahuyentar cualquiera de los contagios. Por eso, todos en la escuela olíamos a lo mismo". Respiró profundamente, llenándose la barriga con el olor proveniente de la ciénaga y siguió reflexionando: "Por otra parte, no son conjeturas; los galenos de la época aconsejaban erróneamente contraerlas mejor desde niño, porque en adultos significaban la muerte. Recomendaban a los padres llevar a sus hijos adonde se sospechara que hubiera esos enfermos para contraer esas enfermedades tristes y feas. Recuerdo también aquellas pesadillas… el sonambulismo y el insomnio que nos producían las lombrices rojas de tres cabezas, que muchas veces se erradicaban con oraciones para animales, y nos despertaban una gran ansiedad de comer tierra o cal de las paredes. Los granos, las picaduras, los golpes y las protuberancias duras y nudosas se curaban con la saliva, preferiblemente la de ayuna. Perdíamos rápidamente la dentadura de leche; no había quien nos salvara los dientes; recuerdo que teníamos que removerlos todos los días y después se extraían con hilo y, al poco tiempo, se remplazaban por una fuerte dentadura de hueso. En realidad, toda esa juventud de esos tiempos fuimos unos héroes”. Así estaba horas elucubrando, y a veces con palabras, las cosas del pasado. "¡Ayyy hombe! La vida es la mejor maestra", dijo en voz alta. Y bostezó largo, observando con ojos devotos dos retratos color sepia colgados en la pared del frente: una del abuelo y otra de su papá, en las que sus partes vigorosas delataban que tenían aún toda una vida por delante. Luego ironizó con satisfacción hablándole a su abuelo a través del retrato: "Yo siento por ustedes todavía lo mismo que otros sienten por su mamá; cómo recuerdo clarito a mi abuelo y a mi papá y tocayos a la vez. Desde muy joven, esos dos hombres dejaron bien sentado que no se trataban de cualquier criatura: fueron unos clásicos en la vida, cada uno en su época. Los dos tenían más mañas que un tigre. Era tan mañoso mi abuelo que se hipnotizaba mirando la candela del fogón de la cocina y al rato se despertaba tranquilo tirándole besos con los dedos, y duraba casi tres días viendo todo color rojo. No ha pasado ni pasará por este pueblo otro como mi abuelo, un hombre que no tenía par en toda la región. Se necesitarían por lo menos dos vidas para poder igualarlo —seguía diciéndose con una rara sonrisa a medio lado y recordando algunos aforismos desmesurados—. Mi abuelo solía comentar que la envidia de los amigos es más peligrosa que el odio de los enemigos. Así pues, cuánto me estarán envidiando por esa Nacarid. Lo que afirmaba mi abuelo era más respetado que un testamento ológrafo".

En su cabeza le revivían montones de cosas pretéritas que lo hacían sonreír silenciosamente y hacer muecas en su cara, hasta que una mosca lo sacó de su abstracción cuando se le paró en la nariz. Fijó su mirada en los movimientos y recorridos que hacía sobre el escritorio, y la abatió de un solo abanicazo. La mosca cayó boca arriba, dando vueltas como un trompo en el piso de tierra, e inmediatamente la pisó, restregándola con su bota contra el piso. Cuando terminó de satisfacer su acción, se dijo: "A estos animales les tengo un odio visceral. Increíble, pero cierto: dicen que un bicho de estos mató al Papa Adriano IV, cuando se le metió por la boca y le descontroló completamente los órganos de la garganta. Luego, se ahogó". Abatido por el calor y mirando la profundidad del techo, se secó una gota de sudor que remansaba en la punta de la nariz. Los recuerdos y sonidos guardados en la memoria de sus oídos no abandonaban su mente; eran como caminos por los que se lo conducía de vuelta la vida recorrida. Recordó: "Casualmente, por estos días, mi papá habría tenido la misma edad que tengo hoy. Delante de mi abuelo y de mi papá, jamás se cometía una injusticia: estos dos señores eran dueños de una enorme rectitud". Se movió bruscamente en su silla y susurró: "Este calor es para diablos; siento que me quita la gana de vivir. Estoy seguro de que ni Dios se encuentra en este momento aquí, ni tampoco por las calles de este pueblo". Mientras el reloj del cuerpo le golpeaba suavemente el pecho, Teobaldo disfrutaba la felicidad de su vida y de aquel sabor que trae consigo la memoria de algo pasado. Luego, tomó un poco de aire, más de lo que necesitaba: cuando lo expulsó suavemente, prosiguió pensando en silencio: "Si las cosas de la vida se repitieran igual, sería lo mejor. Jamás conocí mayor placer que aquel que experimentaba cuando mi papá me reventaba un libro en la cabeza o me retorcía la oreja, no por el golpe o por el retortijón en sí, sino por el placer que sentía cuando todo se borraba de mi cerebro. O, por el contrario, me descalabraba con la llave del candado que cierra y abre todavía esta Inspección. Todo sucedía por el interés de enseñarme a leer, y también para que aprendiera a ser un hombre verraco y de perrenque. Me costó sangre aprender a deletrear, y más a leer de corrido (leía por sílabas), y ni hablar de las tablas de sumar y multiplicar. Todavía, hasta estas alturas de la vida, me suena en los oídos el traqueteo de las tablas de multiplicar. También aquellas poesías cursis que nos obligaban a memorizar a la fuerza". Luego, se acomodó en la silla para decirse con duda: "Bueno… pero si yo, antes de los dos años, llamaba mucho la atención por tener un vocabulario igual y un abecé superior a la mayor parte de los adultos de este pueblo… Y aprendí a hacer todo lo que la gente aprende hasta los treinta". Los gestos de incomodidad lo invadían; se movía para todos los lados como si el taburete fuera un mueble retráctil. Se paró y murmuró con un tremendo malestar: "¡Qué vaina! Siento las nalgas llenas de alfileres; creo que esta silla es más incómoda que una eléctrica. Parece mentira pero, a pesar de tantos años de estar utilizándola, no se ha acostumbrado a la anatomía de mis nalgas.

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