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Madrugada En El Infierno

MADRUGADA EN EL INFIERNO

Narración


Hay sucesos que se mantienen en la historia de los pueblos, como este que a pesar de haber transcurrido ya, ni más ni menos que diez décadas, quizás por aquello que, la memoria de las grandes tragedias son más duraderas que la memoria de las grandes virtudes. Todo esto debió ser por allá en el año 1920. Lo curioso es que de todos estos hechos lo que más recuerdan sus habitantes, es el nacimiento y los amoríos de Teobaldo Arciniega Collantes.

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La muerte perinatal era evidente, la comadrona conocedora de los secretos de las mujeres para partearla se encontraba preocupada y confusa. Tocaba la barriga a la paciente buscando el latido del corazón de la mamá y del bebé, y aplicaba rezos. Atosigada por la duda exclamó con unas palabras que horrorizarían a cualquiera, pero el tono que les dio las convirtió en tranquilizadoras. Con un suspiro largo para soportar su impresión, dijo moviendo sus brazos abiertos:

…….¡Díos mío!...Parece estar muerto sin haber nacido.


Todo se desarrollaba como una enfermedad que una forma natural de llegar al mundo. El saco de líquido amniótico dentro de la tripa de su madre se rompió. Apenas nació colocó dos lazos a cuatro dedos de distancia en el cordón umbilical. Inmediatamente esterilizó la tijera con la llama de una vela y cortó entre los lazos. Bañó el muñón del ombligo con cuatro tapas de yodo y finalmente lo fajó; porque según ella evitaría que su ombligo se le saliera para toda su vida.

En los brazos de la comadrona el recién nacido fue atacado por un hipo incontrolable, mostrando un líquido color verdoso en su boca, y la cara con el mismo color. Sus miembros se retorcían, nadie podía haber imaginado que pudiera tener tanta fuerza aquel cuerpecito que luchaba para alcanzar una bocanada de aire. La comadrona tenía que apretarlo contra sí, para que no se le escapara de sus manos como un pescado. A escaso dos minutos su cuello tomó una postura hacia atrás quedando rígido.

La comadrona acompañada de su sabiduría mostró al bebé en sus manos a los presentes, y con una negación de su cabeza y un cerrar de parpados dio el trágico diagnóstico a los presentes:


-----¡Es una criatura sin pecado que se devuelve directo al cielo!.....Los intermediarios entre la criatura y la madre no funcionaban. Sus pulmones están rellenos de agua donde nadaba, y esa agua estaba completamente teñida de su propia caca. Además la glándula espiritual estaba cerrada y su alma no alcanzó a encarnarse en su cuerpecito. Hice todo lo posible e imposible por abrir ese canal espiritual pero todos los esfuerzos fueron en vanos.

Pareció que el milagro del nacimiento no se dio. La enigmática glándula en referencia no lo permitió. El hijo del inspector parecía no respirar. Fue un parto traumático que por falta de tiempo se realizó sobre la mesa de la cocina. La partera meciendo al recién nacido en el aire como dibujando una cruz, mientras sus ojos buscaban el mejor rincón para acomodarlo. Parando su mirada en un pedazo de lámina de zinc tirado en la tierra corrió y lo acomodó como un objeto peligroso, para intentar salvar a su madre.

Pasada unas horas, su abuelo con el peor pesar miraba a su nieto tirado en aquel pedazo de hojalata se acercó y se dijo enterneciendo su cara surcada de arrugas:


-----Vea pues, que cosa.....en algún punto de la vida la bendita muerte ha de llegar. La naturaleza humana está hecha de tal forma que nadie puede sobrepasar el terreno que le es asignado por el “tal destino”.

Mientras cubría el cuerpecito con el paño de secarse las manos en el aguamanil, advirtió que la criatura no tenía las pupilas dilatadas, no estaba frío, no presentaba rigor mortis, lo movió bruscamente y en el mismo instante el bebé se agarró con fuerza de su mano El abuelo abrió desmesuradamente sus ojos al notar que el recién nacido también hacia lo mismo. Así relató Teobaldo Arciniegas padre, el nacimiento de su hijo Teobaldo Arciniegas Callantes.

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Teobaldo Arciniega Collante, excepto del día de su nacimiento jamás en sus años de vida había estado enfermo. Era un hombre alto, corpulento, bien alimentado. En sus entrañas escondía una gran fortaleza. Pelo negro grasoso echado siempre en la frente, unas patillas trabadas en las comisuras labiales que se unían al espeso bigote, donde se escondían unos labios dársenos. Quijada prominente que sobresalían de su cara, donde se sujetaba una dentadura fuerte y amarillenta que raramente exhibía.

Se mostraba como el Inspector de Policía más inspector que se podría ser en el mundo, solo mirarlo metía miedo. Poseedor de una inteligencia torpe, más imaginativa que lógica. La bondad no formaba parte de su personalidad, y el oficio como inspector de policía no le permitía acostumbrarse a las expresiones de gratitud. Poseedor de una rara y admirable virtud: El coraje.

Siempre se comentaba en el pueblo que, los Arciniega eran de esos hombres que nacen con gasolina en sus venas. Su autoridad era como una ausencia de límite. Decía con orgullo que su alma no tenía ni la cuarta parte del temple de la de su papá, y ni por allí a la del abuelo. Gestos circunspectos, jamás toleraba una chanza de cualquier persona. Caminaba siempre tieso de majestad por el centro de las calles, agarrando del pomo del sable ceñido a la cintura, como si buscase a un enemigo susceptible de surgir en cualquier esquina. Siempre con la camisa abotonada hasta el último ojal. Cualquiera por más lerdo o lelo que fuera podía imaginarse que él era allí la primera autoridad.


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Un medio día el sol avanzaba por el cielo sin nube, limpio e interminable en donde se respiraba un aire impregnado de olor dulcísimo de las procelosas aguas de la extensa Ciénaga, arribó como costumbre la lancha procedente de Magangué a dejar los pasajeros de este puerto en medio de un bullicio de vendedores de comida, dulces de piña, cocaditas de coco y de leche dispuestas en círculos.

Entre todos esos pasajeros llegaba Nacarid Oropeza Quintina, bella joven morena canela que tenía exactamente 18 años de estar en este mundo, con la suerte de ser hermosamente decorada por la naturaleza al dotarla de muchas prendas físicas. Podía tener más de cuatro rasgo en su cuerpo que la separaba de las demás mujeres. El ovalo de su rostro jamás había probado el maquillaje, los labios parecían dibujados con el más fino delineador. Ojos y pelos oscuros y brillantes, no tenía idea de lo que era la vanidad. Con su cuerpo núbil dentro de un modesto traje que dibujaba la silueta y dejaba al descubierto casi la mitad de los robustos senos y los redondos brazos que eran el embeleso de corazones y de miradas. Cualidades que serían envidiadas por cualquier mujer de la ciudad.

Para poder desembarcarse la muchacha tenía que quitarse las sandalias y meter los hermosos pies dentro del lodazal, ya que las aguas se habían retirado un poco de tierra firme por aquello de la llegada del verano.

Efrén Galíndez Arzuaga, con la cachucha volteada en su cabeza, se comía una pegajosa arropilla de panela que le llenaba la boca, rápidamente se paró del suelo, se limpió los dedos con la camisa mientras la abotonaba. Desató los cordones y con un simple pataleo se despojó de los zapatos de caucho, se arregazó hasta las rodillas el pantalón y corrió a auxiliarla. Entró al lodazal como un toro que se desbarranca, el agua se tiñó de barro tras él, por la agitación de su andar hasta llegar a la lancha y tomarla entre sus brazos como una bebe, para que la bella muchacha no se ensuciara con fango sus morenos pies. La larga y nutrida cabellera tan negra como un zapato de charol se desplomó al vacío y se bamboleaba en la brisa reflejando aquel intenso azul del negro. Era una lustrosa caballera que Nacarid en compañía de su mamá cultivaba y masajeaba con aceite de aguacate, esencia de limón, miel, y proteínas de la leche. Todo eso, se lo echaba en las raíces del pelo. Era una bella caballera apta para representar en el actual mundo globalizado cualquier marca de champú.

Con el agua hasta las rodillas, resbalando en el barro del fondo, buscando donde apoyar los dedos de sus pies Efrén chapoteaba con la muchacha en brazos, mirando el carnoso descote, la cara arrebolada y olfateando el perfume natural de Nacarid Oropeza Quintina. Un tic se apoderó de su cara, todo esto fue como recibir el bautismo del amor, también fue la primera vez que Efrén olió bien de cerca el amor y sintió que lo quemaba, despertando algo que para él era completamente raro.

Al llegar a la orilla, con gran esfuerzo buscó dando poner el pie para salir de allí, para luego bajar a Nacarid con la misma delicadeza como se baja la escultura de una santa de yeso.


Paladeando todas estas palabras con la mejor sonrisa y la voz más dulce que encontró le sopló al oído en un tono afable y de manera especial, como un beso con los ojos cerrados:


----Nunca había tenido entre mis brazos a una mujer tan bonita, seductora y hechicera como tú.


Mariposeando los parpados y mirándolo con sus pupilas negras, brillantes y luminosas Nacarid cambiando el rictus de su rostro con cierta picardía le devolvió el mismo secreto zalamero, pero lleno de almíbar poniéndole alas a las ilusiones de Efrén:


----Mentirosito,..No creo que sea la primera vez.


Efrén al escuchar dentro de su cabeza aquella voz quedó perplejo, sintiendo el desbordamiento de los niveles de testosterona y se estremeció igualito como estremece un milagro. Todas las señales de placer recorrieron su cara y como de costumbre el amor se metió por los ojos y se le acomodó definitivamente en el corazón. Fue sin lugar a dudas aquel amor que no se alcanza anticipar.

Efrén sentía besarla con la mirada y con la mente. Con la peor incertidumbre de un enamorado le pregunto tímidamente:


----¿Cómo se llama tú nombre?


Nacarid Oropeza Quintina. --Picaronamente respondió con un mudo piropo en los ojos-- ¿y tú?


Efrén,..Efrén Galíndez Arzuaga.


Nacarid con su maletín en la mano y su cuerpo silueteado por el traje que el viento azotaba se alejaba buscando su casa, sin dejar de mirar a cada instante hacia tras. Efrén se quedó con el oleaje de la respiración en su pecho y sin quitarle la vista la vio irse pensando quizás aquello de que, una mirada de esas hacia atrás, es la imagen que queda como promesa por siempre en la cabeza de cualquiera.



Efrén tenía exactamente los treinta años. El color moreno cubría todo el cuerpo, pelo lacio, un empaque atlético de una escultura griega y la fuerza arrolladora de la juventud. Su modo de ser lo delataba como un muchacho serio, sencillo, alegre, con su alma libre a las canciones y al líquido dorado que tomaba ávidamente pero sin problemas. Todas las muchachas solteras trataban de cazar al más preciado y escurridizo espécimen masculino del pueblo. Era el primogénito de un modesto matrimonio de agricultores, nativos de la región, labores que compartía con sus padres y Eladio su hermano menor. Eran todos ellos el prototipo del campesino de las sabanas colombianas, apegados a la tierra.


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La Inspección de Policía se adornaba con cuatro taburetes de cuero ubicados contra la pared, Una silla frente al escritorio, la vitrina de los archivos, una hamaca enrollada y colgada en el horco, y el centro un imponente Cepo. Todos los muebles lucían herrados con las iniciales del nombre y el apellido de su abuelo,… “TA”

El sol recalentaba todo, era la hora más calurosa en el pueblo. Se percibía un fuerte olor a brea derretida que impregnaba el aire proveniente del puerto de la ciénaga, en donde algunos nativos arreglaban sus “canoas”. Teobaldo Arciniega Collante sentado solidariamente en el vetusto sillón y al frente el viejo escritorio con marcas en sus cuatro bordes por quemaduras de tabaco desde que su abuelo lo utilizaba, tomaba un pocillo de café sentado con su pie cruzado a la altura de su tobillo recordando de manera muy especial a su abuelo y a su progenitor. Los minutos tenían transcendencia de horas, disponía del tiempo a su antojo sin dejar de ventilarse con un abanico de palma de Iraca impotente ante la tremenda oleada de calor.


-----Me parece como si se le hubiera acabado el aire a Dios – Se dijo -


Gozaba en silencio los recuerdos que le lograba sacarle a su cabeza, y aquello de voltease para despejar el aire de su sistema digestivo.


-----La gente de este pueblo si no la comparamos con otros, son las mejores del mundo.


Teobaldo proseguía muy feliz regalándose los mejores recuerdos vividos en su lejana infancia, donde extraía la emoción a las angustias, la delectación de las alegrías y de los secretos.


----Carajo, cuanto pesan las maletas del pasado. Todavía no creo, como en este pueblo pudimos sobrevivir al ataque inclemente de la Papera, Sarampión, viruela y de la “maricadita” del Paludismo. Y de remate, según el concepto de los galenos de la época algunas de ellas eran mejor contraerlas niños, porque en adultos significaban la muerte. Recomendaban a los padres pasear a sus hijos por donde se sospechara que hubiera esos enfermos. Recuerdo también aquellas pesadillas, el sonambulismo y el insomnio que nos producían las lombrices. En realidad toda esa juventud de esos tiempos fuimos unos héroes.


Duraba horas observando dos fotos, una de su abuelo y la otra de su papá colgadas en la pared del frente. Se veían jóvenes y sus partes vigorosas delataban que tenían aún toda una vida por delante.


-------Mi abuelo y mi papá tenían más mañas que un tigre --Se dijo con una rara sonrisa— Mí abuelo solía decir que la envidia de los amigos es más peligrosa que el odio de los enemigos.


En su cabeza le revivían montones de cosas pretéritas que lo hacían sonreír silenciosamente y hacer muecas en su cara hasta que una mosca lo sacó de su abstracción cuando se le paró en la nariz. Fijó su mirada en los movimientos y recorridos que hacía sobre el escritorio, mientras alistaba el abanico abatiéndola de un solo abanicazo, la mosca cayó boca arriba dando vuelta como un trompo en el piso de tierra, rematándola con su pesada bota.


-----A estos animales les tengo un odio visceral. Increíble pero cierto, un bicho de estos mató a un papa, cuando se le metió por la boca y se le pego en la garganta asfixiándolo --Luego volvió a sus recuerdos y se dijo—Cuando apenas se comenzaba a sospechar la maldad del azúcar para la salud, ya mí abuelo tomaba el café cerrero. Y yo le heredé esa misma manía.


Abatido por el calor y mirando la profundidad del techo se secó una gota de sudor que remansaba en la punta de la nariz. Los recuerdos no abandonaban su cabeza, eran como caminos por el que se le conducía de vuelta la vida recorrida.


------Casualmente por estos días mi papá habría tenido la misma edad que tengo hoy yo –Se movió bruscamente en su silla y continuó-- Este calor es para diablos, siento que me quitan las ganas de vivir. Estoy seguro que ni Dios se encuentra en estos momentos aquí, tampoco en las calles de este pueblo.


Mientras el reloj del cuerpo le golpeaba suavemente el pecho Teobaldo disfrutaba la felicidad de su vida y de aquel sabor que trae consigo la memoria de algo pasado; luego tomó un poco de aire más de lo que necesitaba y cuando lo expulso suavemente prosiguió:


-----Si las cosas de la vida se repitieran igual sería lo mejor,….Jamás conocí mayor placer cuando mi papá me reventaba un libro en la cabeza o me propinaba tres “cañamazos”. O por el contrario me escalabraba con la llave del candado momposino que sierra y abre todavía esta Inspección. Todo sucedía por el interés de enseñarme a leer, y también para que aprendiera a ser un hombre verraco. Me costó sangre aprender a deletrea y más a leer “decorado” que era leer por sílabas. ---Luego se acomodó en la silla para decirse con duda— Bueno,…pero si yo antes de los dos años llamaba mucho la atención por tener un vocabulario igual y abecés superior a la mayor parte de los adultos de este pueblo.


Luego se murmuró con tremendo malestar-- ¡Que vaina!...siento las nalgas llenas de alfileres, creo que esta silla es más incómoda que una eléctrica ---Con unos pensamientos supersticiosos continuó— Ya casi entramos a la cuaresma y con ella las noches de miedo, los espíritus recónditos, las cosas invisibles y sobrenaturales. Entra también el terror a los niños y a las mujeres aquellas imaginaciones fabuladas del más allá. Yo en realidad no creo en horóscopos, sortilegios y en todas esas pendejadas, pero sin embargo si todas esas cosas son verdades siento tener de mi parte las más buenas relaciones con todos esos misterios.


Encolerizado seguía acomodándose en todas las formas posibles y encontrar la posición para descansar. Cuando lo logró se dijo muy satisfecho:


-----Caramba,..Yo no sabía que toda incomodidad tiene su acomodo. Ahora sí,…a obedecer el poder de las costumbres,…buscar arañas en el techo y escuchar el espectáculo más sublime que nos dio este mundo como es oír el silencio del silencio y encontrar la racionalidad a la cabeza..


En el sopor del silencio, los minutos tenían transcendencia de horas. En su cabeza le revivían montones de cosas pretéritas que le hacían sonreír silenciosamente y hacer muecas en su cara.

Suspendiéndose a medio lado extrajo de su bolsillo la cartera y de ella una pequeña foto de Nacarid Oropeza Quintina que hasta ese momento no recuerda cómo llegó a su poder. Respirando golosamente el aire tomó entre sus dedos la pequeña fotografía y la manipulaba frente a sus ojos como una ostia sagrada y la manipulaba en todos sus lados. Sintió por primera vez como la ternura recocorrió su cuerpo. Teobaldo totalmente embelesado observaba la cara de Nacarid, que para él era como la reproducción pictórica de Minerva, esa diosa sin defectos que tanta admiración regala a los sentidos. Recordaba además como aquel día que se fijó en ella sucumbió ante el poder de la mirada de Nacarid. Fue peor que recibir una sonrisa y la que abrió la puerta de entrada a su corazón. Mientras devolvía la foto a su lugar se dijo sin hablar:


-----Carajo,.. el día me queda incompleto cuando no miro esta foto. Como pasa el tiempo, aquí en esta fotografía apenas había entrado en la edad de los amores. Yo no soy muy inclinado en creer en los milagros y augurios, pero la verdad es que me siento dotado de una suerte poco común.

Luego mirando la profundidad del techo se dijo con gran satisfacción— Hay que recordar. Mi papá solía decirme lo que a la vez escucho de su papá, que cerebro aislado o sin funcionar en poco tiempo se vuelve mierda.


Teobaldo mientras respiraba un aire de 39°C gozaba de una soledad alegre y se decía profundamente:


----Oh Nacarid,…como sueño con mis sueños, como siento un terrible amor. –Se tocó el pecho y se dijo nuevamente— Es difícil creer que aquí guapea tanta “vaina” por ti. Tú eres tan mía, como yo tuyo.


Estirando su cuerpo hasta donde pudo y dejando que sus sentimientos se escaparan de una forma tranquila, siguió comentándose en silencio:


-----Carajo,…estos son los momentos que hacen que la vida sirva para algo. ¿Por dónde andará esa muchachita, que estará haciendo precisamente en estos momentos? Mi corazón como siempre preguntando por ella. Me siento cada día que pasa más “encacorrado” por esa mocosa. De lo que si estoy seguro es que más temprano que tarde la tendré a mí lado y le torceré el pescuezo con la fuerza del corazón. ¡Repito! Soy el hombre más afortunado del mundo. –Luego su cara se iluminó y siguió pensando—Hasta ahora todo lo que he conocido no le ha dado significado a mí vida,…solamente Nacarid, por supuesto.


Estrujando su cerebro en busca de recuerdos, se dijo sin abrir su boca:


----Caramba,…como es la vida tan misteriosa, yo vi crecer a esa muchacha en este pueblo con la magia de sus transformaciones. La vi crecer ante mis ojos en fanales luminosos. Ahora soy el dueño absoluto de esa orgullosa belleza. –-Se sintió por un momento con la cabeza perdida y se dijo nuevamente-- ¡Bueno!...trataré de sacarme por un instante de la cabeza a esa muchacha. Al fin, mañana es menguante y son los mejores días para la cacería y la pesca. Es lo que más me gusta y seguirá gustando, pero primero por supuesto esta esa niña. Ya me veo con unos buenos racimos de bagres y de patos reales colgando de mis manos.

Teobaldo Arciniega Collante, mientras respiraba un aire que perdía la capacidad de refrescar, se entretenía como siempre descubriendo con una sonrisa aviesa y una mirada escrutadora figuras de guerra y diabólicas en las paredes trepadas por la humedad. Con su camisa blanca desbotonada dejando al descubierto el pecho velludo entre negro y rojizo, empapada y pegada al cuerpo por el sudor, se echaba fresco con un abanico de palma de Iraca, sin dejar de maldecir el calor de las 12:00 del día. Con el corazón hinchado de placer y sintiéndose el mortal más feliz del mundo Teobaldo habría la ventana de la inspección recordando que desde esa misma ventana su abuelo, su papá y ahora él contemplaban como misteriosamente entraba los primeros amagos de luz del alba y como avanzaba el día. Antes que sus alegrías y recuerdos gratos se le convirtieran en la impresión más grande en su vida Teobaldo pensaba en lo feliz que sería ese día que Nacarid llegara a su lado para siempre. De una forma inesperada paró la acción y con sus ojos casi cerrados miró hacia la plaza, más exactamente donde ancla la lancha todas las tardes, a esa misma hora. Esta vez sus ojos miraron otro panorama y sus pensamientos otra felicidad. En un instante sus ojos se transformaron en un aterrador espejo que todo lo desfigura, y como una ágil gacela se levantó con brusquedad de la silla derribándola. La impresión le penetró al torrente circulatorio blanqueándole la cara como carne de merluza y un sabor metálico invadió su boca. Mientras la adrenalina hacía su recorrido trágico todo desapareció por instante de su vista, luego tapándose con sus dedos los ojos para recobrar la visión se preguntó parpadeando la tremenda duda:


----¿Será la carajita esa? Mi abuelo decía que cuando uno piensa mal siempre acierta. Él siempre se le adelantaba y le ganaba a los presentimientos.


Jamás se imaginó que en algún momento podía perder la capacidad de asombro y sentir en carne viva la humillación de la traición. La sorpresa precisamente se le dio por primera vez. Temblando de ansiedad y sin saber en ese momento que hacer con su vida, Teobaldo presenció desde esa distancia la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los milagros de los celos invadieron las cuevas más profundas del alma. El órgano que administra las emociones, los sentimientos y las pasiones aceleraba tamboreándole en los oídos.

Desde que se casó con Felicita aparentemente no había sentido la necesidad de fijarse en otra mujer, pero los nuevos capítulos de su vida cambiaron al fijarse en Nacarid, quien en los siguientes días doblegaron su voluntad volcando hacia ella un amor desmesurado.

Cuando la certidumbre le retornaba pedacito a pedacito, se dijo taloneando el piso de tierra:


----Siii,..Si es ella. Y sin tanto darle vuelo a la imaginación parece que lo que están viendo los ojos está embromando toda mi alma. Trataré dejar pasar las primeras impresiones para ver que se me ocurre.


Teobaldo palideció y sintió habérsele inactivado nuevamente el pensamiento y la emoción, es decir, la parte humana del cerebro. Rumorando las palabras se dijo:


----Mi abuelo es y seguirá siendo mí espíritu santo. Todo lo decía con sabiduría, recuerdo esto: “Una cosa es mirar y otra es ver”. También recuerdo clarito que solía murmurar, “Una cosa es llamar al diablo y otro es verlo venir”. Pareciera que todo lo sabía, incluso si un huevo intacto daría gallo o gallina.


No muy contento con la demasiada realidad que veía, serró con fuerzas sus ojos para ver nuevamente. Su malestar subía como la espuma y su esperanza se derrumbaba como un castillo de naipe. Seguramente Teobaldo recordará este día durante toda su vida. Luego se dijo con una voz malograda:


----¡Aaah, ya!....No parece tan agradable la realidad que estoy mirando, parece ser unas de esa cartas rastreras, y también da la impresión que me quiere tiznar la cara o que trapea el suelo con mi moral. En mis sueños las cosas eran totalmente diferentes.


Teobaldo quedó como si se encontrara bajo el hechizo de algún delirio, pero lo que le sucedía fue, lejos de ser delirante, tan real o más real que cualquier otra cosa. Todo lo que vio no le dejo nada a la imaginación. El pulso se le aceleró e involuntariamente golpeó con su puño el escritorio derramando el frasco de tinta azul que se regó, dejando dibujado un enorme mapa de otro mundo.


----Esa muchacha es tan bella como falsa…. ¡Y yo, que la creía una Santa!..bueno, definitivamente toda esta vaina me huele a raro.


A Teobaldo se le escapaba todo lo que pensaba por su boca. Pareciera tener un endiablado demonio dentro de su cuerpo que lo guiaba para lo peor. Con una enorme iracundia, desgarró una hoja del libro que tenía abierto sobre el escritorio, la envolvió con fuerza entre sus dedos, se la metió en la boca y se la comió. Con el cabello pegado en la frente ametralló con fuerza esta advertencia:


----¡A pesar de amarte más allá de los límites del amor te retorceré, igualito como se envuelve un par de medias, carita de pendeja!...Que misterio tan grande, me estoy dando cuenta que el odio y el amor son ciegos,…completamente ciegos.


Con el cerebro envuelto en llamas, aturdido sin saber por dónde empezar ya que la ira lo embolataba. Se paró del sillón y corrió a la ventana engarfando sus dedos en los hierros oxidados de la ventana para ver mejor la realidad. Sintió un horrible traqueteo dentro del pecho y una rara maluquera se desbordó por su cuerpo como agua.

Cuando regresó volvió a posar las cuatro patas de la silla en el piso de tierra. Se acomodó nuevamente en la silla del escritorio, que rechinaba bajo su peso y la rabia. Dejando caer la barbilla sobre el pecho, su cuerpo se estremecía con la respiración, y adoptando la pose más hierática que le permitió su malestar, se decía para lograr la calma:


---- ¿Aún no se, si todo esto es real? En estos momentos hay que tener el corazón caliente y la mente fría.


Con la mejor calma alzó su cara al techo, así mismo sus pensamientos se elevaron perdiéndose en el infinito descubriendo esos lugares mágicos del universo. Cuando volvió se dijo muy despacio, con los labios sin sangre:


----Ahorita como que estoy entendiendo la tramoya del asunto,…Y lo que más me choca es el “tipito” ese, que se la está tirando de ser el galancito de moda del pueblo. Pero le torceré el pescuezo igualito como se hace con los pavos.


Tomó el sable en sus manos, su más apreciada joya y golpeando con la filosa punta el suelo de tierra mientras la incertidumbre hacía de la suya, y los ojos fijos en un punto indeciso sin distinguir nada, solamente miraba todo con la mente. Luego se dijo:


---Oh que vaina,..¿Será todo esto lo que la gente llama:..¿Las movidas de la vida?...Ahora me siento tan aturdido que no se si estoy más preocupado o más intranquilo por lo que miraron mis ojos.


Desde entonces la industria del dolor empezó producir un maratón de pensamientos que corrían el abismo de su mente, y no había modo alguno de resucitar la tranquilidad del mal que más aterroriza al hombre. Teobaldo bajó los parpados y se dijo:


----No creo todavía lo que he visto a pocos pasos de mí. La realidad de todo éste asunto es que la belleza de esa mocosa me ha conmovido el alma, como el fuerte viento que increpa contra las ceibas del puerto.


Todo esto fue el inicio de la chispa que incendió toda la pradera de su alma. Inmediatamente blasfemando en silencio cerró la Inspección, y se dirigió a su casa, a reposar la impresión. No sin antes decirse con una dosis de amargura:


-----Estas advertencias de mi recordado abuelo volvieron a mi después de tantos años de habérselas oído de su propia boca, que: Una “vaina” es el amor y otra “joda” es el desamor…Además por muy inteligente que sea el hombre, la mujer siempre tiene una maña para volverlo bruto y pendejo.


Pensar que antes su cabeza la tenía llena de ilusiones, tan llena como un huevo, pero ahora se había roto la cáscara. Bajo un silencio mudo, que nada lo arañaba, se oyó por todas partes del pueblo el horario exacto de los gallos, inmediatamente se metió la mano en el hondo bolsillo y sacó el viejo reloj suizo Lengones heredado de su abuelo para comparar la hora y miró fijamente los iluminados números romanos: 2:00 de la tarde, Luego se murmuró:

----Caramba, Éstos bichos si son inteligente, como pueden hacer eso….¡Bueno! me largo, hoy fue el peor día de mi vida, es como si me hubiera tragado un sapo vivo. Además siento que esta oficina tiene los rincones muertos, y el aire no circula.


Secuestrado por la rabia y acorralado por sus celos se dirigió directamente a su casa con el impacto de la decepción, la cabeza llena de presentimientos, un terrible desasosiego, y el corazón derretido. Caminaba tropezando con su propia rabia.


-----No sé cómo arreglar mí cara, Felicita es una obstinada loca, conoce tanto mis facciones que notará el desastre,…yo respeto la malicia de esa mujer. Pero lo mejor de todo es que ella nunca me hace preguntas impertinentes, pero si jode demasiado.—Se decía cuando miraba fijamente los movimientos de las enormes botas que se hundían en el polvo de la calle.


Antes de darle los tres golpes a la puerta, se dijo nuevamente:

----Carajo,..creo haberme enamorado de esa carajita de igual forma como lo hacen los burros. Creo también que no me resignaré jamás a perderla, es parte de mis entrañas. --Guardó silencio por un largo instante, y se dijo nuevamente-- Esta clase de amor duele pero es un delicioso dolor, y estoy dispuesto a seguir soportándolo a cambio de seguir amándola. Ahora me doy cuenta que el amor y el odio son completamente ciegos.


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Felicita Cancina Maurer, con 35 años de edad bastante viejos, no era una mujer bella, pero sí agradable de expresión, emanaba una apacible humanidad, y la donosura del trato la hacía diferente, era su más preciado don. Enemiga jurada del polvo y todo lo que fuera mugre y desorden. Por esa razón el trajín, las vicisitudes y el tráfago de la cocina que realizaba con desmesurada afición habían echado encima diez años más que empezaba acechar su cara. Una cantidad de pecas color arcilla poblaban su rostro y pecho rubicundo. Unos ojos zarcos y amorosos adornaban la cara, muchas personas aseguraban que Felicita tenía ojos de santa. La frente marcada con líneas por tanto recordar tristezas y amarguras. La sonrisa le hacía disimular los defectos que la rondaban. De sus orejas rosadas colgaban unas candongas gruesas de plata que desde aquel día que se los puso jamás volvió a quitárselas. En el pecho, el brillo de una pequeña medallita con la faz de la virgen que lucía como un lucerito en el firmamento. Su honestidad jamás tuvo la necesidad de luchar contra las tentaciones, era una mujer que cumplía al pie de la letra la rígida servidumbre que el matrimonio imponía a las mujeres en esa época. Se destacaba su habilidad para hacer sus manteles, fundas y sobrecamas con prolijos tejidos y bordados a mano. Sumamente religiosa, cosa contraria al marido en materia religiosa, que ignoraba todas las verdades del Evangelio.

La premonición que algo raro sucedía minaba la cabeza de Felicita. El incumplimiento del deber conyugal de Teobaldo fue alertando las sospechas de tal manera que desconfiaba de él, como si se tratara de una enfermedad contagiosa.

La actitud sospechosa y preocupaciones arruinaban cada día su vida. Unos sollozos involuntarios fueron deteriorando la salud poco a poco. La relación de los dos se fue encerrando en un mutismo de piedra, y las conversaciones se limitaron a escasos intercambios de palabras. La llegada de Nacarid a la vida de Teobaldo implicó para la unión conyugal el final de sus vidas sexuales. Una pasión sin esperanzas los amuralló desde entonces. Así mismo la casa perdió por completo la paz de los días pasados.

Como era la costumbre, se dedicaba a la rígida servidumbre que el matrimonio imponía a las mujeres de la época, mudando trastos y cherembecos de un lugar a otro, y la rigurosa limpieza moviendo todos los días la casa de atrás para adelante y adelante para atrás. Pero para ella todas esas cosas eran como un ejercicio espiritual.

Felicita trabajaba a destajo en la cocina haciendo la comida a Teobaldo. Sudaba a chorro, sus adiposidades parecían derretirse cerca al fogón de leña. Atizaba hábilmente los maderos blancos y pulidos que semejaban largos huesos de animales prehistóricos, expidiendo humo igual a una locomotora que le hacían llorar los ojos. Removía con una larga cuchara de palo ajustando el punto de sal al sancocho de pavo, respirando calor y no osando abrir la boca por miedo a ahogarse con el espeso humo.

En el preciso momento que amasaba una bola de harina entre las cuencas de sus manos, tres golpes secos le pusieron en alerta, rápidamente dejo todo lo que estaba haciendo y corrió peinándose los cabellos con todos sus dedos para atender la puerta de la calle. Tomó con sus dedos cortos, redondos y blancos el cerrojo negro y pesado de la puerta, corriéndolo despacio para que chirriara lo menos posible; penas abrió la puerta un centímetro, y miró; al abrirla de par en par para darle paso a Teobaldo la luz entró y dibujó en el piso de tierra la sombra grande de su marido. Felicita se espantó al encontrarse con una cara de desorientada, pálida y con sacudidas nerviosas alrededor de los ojos y en las comisuras de la boca. Para exteriorizar su impresión apretó las palmas de las manos contra su grueso pecho en el sitio exacto donde se acomoda su corazón.

La curiosidad unida con su malicia innata fue mucho más fuerte que el temor que le infundía Teobaldo. Luego, como era su costumbre santiguándose, aclarando la garganta y secándose los ojos con el dorso de la mano le hizo varias preguntas con una sonrisa disimulada y una mirada de quien duda demasiadas cosas:


------Dios Santos, dime que te pasa que vienes como si no tuvieras espíritu,..¿Debes traer una preocupación doble?...Quién te está puyando de esa manera?...estas como cuando se habla de la soga en casa del horcado.


-----Te he advertido que no te metas en mis asuntos.


-----Caray,..entonces será eso que llaman stress que te está atacando….Caramba, tan verracos que te crees, y a dónde has venido a parar.


Teobaldo se ofuscó por un momento. Sin poder dominar todavía sus ideas, respondió en una forma burlesca:


------¡Mire Doña Señora,..a mí, no me pasa nada! y del tal stress, le he dicho mil veces que eso son “fartedades” de los pendejos. Y no quiero oírle otra cosa más,…Todo lo que sale de su boca es para mortificarme.


Felicita sabía de sobra que todo lo que su marido decía no había un solo indicio de la verdad. Con maña y miradas cautelosas trató de preguntar:


------¿Entonces yo no tengo derecho a….


----¡A nada,..a nada Señora! ---Interrumpió Teobaldo con un grito— Me tienes más obstinado que a tus santos.


Pasó un minuto sin que ninguno profanara aquel silencio. Por fin habló Felicita:


------Calmate, calmate Teobaldo,…el que tiene boca seguro que se equivoca…es natural que sienta curiosidad. Pero te recuerdo que yo he sido una mujer muy respetuosa hasta con los groseros. Pero no me vengas con esas engañifas, te diré que tú puedes engañar inclusive al mundo, pero jamás a mí y a tu conciencia. La conciencia siempre dice lo malo y lo bueno sin equivocarse. Se necesitaría tener puesto unos espejuelos de cuero con pelos, para no verte semejante cara que traes puesta. Parece que te hubieras tropezado con el cachudo o como si te hubieras tragado una sobre dosis de vermífugo.


Con una impavidez exagerada, le respondió:


----Tal vez no quieras escuchar lo que voy a decirte,…pero me “choca” Felicita, que siempre estas con el ánimo de intrigar. No me lo vas a creer, pero debe ser el orín y la mierda de los murciélagos, que tienen todo eso envenenado con sus olores –Se diagnosticó, y asomó una leve sonrisa pero Felicita no le correspondió--


----En este pueblo, jamás una mentira se ha podido esconder. He vivido por tanto tiempo dentro de tus entrañas que antes que digas las cosas,..ya las sé. Los humanos son ingenuos, creen todo lo que le dicen y raramente sospechan la maldad, la mentira, el engaño,..pero yo no como cuentos.


A medida que la discusión transcurría el carácter de Teobaldo se le descomponía. Felicita para calmar su mortificación disimuladamente le hizo pistola con dos dedos de su pie, luego giro sobre sus talones y se fue diciendo: La mentira es la verdad del mentiroso,..Te preparé una infusión, pero eso sí, no podrás comer durante el día –La ofuscación la atacaba y salió directo a la cocina estrellándose y llevándose cosas que encontraba a su paso.


Cuando Teobaldo oyó la privación alimenticia exclamó en un rapto de ira y un ronco acento:


------¿Qué carajo te pasa,…¿Qué disparates estás diciendo? Tu si me tienes fregado, yo no siento ni una pizca de todo lo que te has imaginado.


Con los ojos asombrados, tartajoso, haciendo un largo silencio dijo nuevamente sin ningún filtro en su boca:


----Ojala hubiera sido ese cachudo que dices,..Y ni se ocurra preguntarme más nada. Y otra cosita mujer,…que sea la última vez que interrogues con ese exagerado pesimismo…y no sigas atosigando con tantas “jodencias”,…. ¿me oyes?


----Teobaldo, Teobaldo libérate cuanto antes de tus demonios – Le contestó --


Teobaldo tenía las cuerdas del cuello tensa, parecían reventarse mientras pensaba lo que siempre irónicamente le recalcaba su papá: Hay que tener en cuenta lo que dice esa filosofía vulgar que: al mal tiempo buena cara.

Pero sin embargo, con los suspiros acelerados y sin control siguió gritándole a su mujer aquellas palabras con que se le llama a la pobreza. Rumorando obscenidades, nombrándole la madre al universo, prosiguió con el malestar todavía escrito en su cara-


-----Espero que algún día te convenzas que tus presentimientos me enloquecen, y no solo eso, sabes mejor que yo que esas malicias tuyas dan alergias. Es como si sintiera los poderosos dientes de una sierra en mi cabeza.


Los improperios de Teobaldo provocaron la ira de su mujer.


----- ¡Cierra esa jeta y no me hagas sofocar!...Tú eres más perverso y grosero de lo que me imaginaba. ¡Vete pal carajo lo nuestro se acaba hoy aquí! ¡Múdese para su inspección y no vuelvas a pisar esta casa!..Desde hace poco tiempo he notado que me estás viendo todos los defectos. Además quiero que se…. --No terminó decirle lo que pensaba porque la rabia acabó con su voz—


Teobaldo sin cambiar el tono le contestó:


----Este cuento es muy bueno para tus exaltadas pretensiones, pon mucha atención: Si soy perverso tú eres más porfiada que una mula. Yo no tengo por qué irme,…la que tiene que largarse eres tú, recuerda que esta es la casa solariega de los Teobaldos Arciniegas,…por lo tanto esta casa es de mi abuelo todavía. Y te advierto que, mientras vivas aquí en esta casa, obedecerás las reglas. Cuando tengas la tuya obedecerás tus propias reglas.


Adoptando un aire de ocupada en los quehaceres de la cocina Felicita no perdía ni una sola de las palabras que vociferaba su marido, ni mucho menos dejar de mirarlo con aquellos ojos que conocen las atribulaciones.

La mujer detuvo el cucharón dentro de la olla del sancocho que hervía desesperadamente y le dijo con mucha calma tratando de recobrar la armonía.


----Tendrás que ponerle humo o fumigar con algún veneno, de lo contrario esos bichos terminaran encarcelándote en el cementerio.


Felicita sabía sobradamente lo que significaba aquel fulgor de vidrio de botella en los ojos de su marido. La ira y el miedo los expresaba de esa forma, por lo que decidió callar y jurarse que más nunca le desearía los buenos días. Desde entonces comenzó una guerra secreta entre los dos.

Teobaldo por el contrario quiso “emperapetar” el asunto. Pidiendo comida se dirigió al fogón donde se cocinaba el suculento sancocho. Con ojos golosos destapó la olla levantándose una nube de vapor y fogaje que se esparció por el aire, ambientando el espacio del exquisito perfume del sancocho de pavo.


----¡Caramba Felicita que humo tan oloroso y que sorprende tanto al paladar! Muy pocas cosas huelen mejor que el aroma del pan recién horneado, pero el aroma de este humo supera todo. Admiro la magia como en perfumas de bien este sancocho. Desde que nos casamos jamás he podido comerme una comida con tanto gusto que no sea la tú haces.


-----No sé si lo que tienes es ansiedad o hambre, …¿Quieres comer ya?


-----Si no hay ningún inconveniente.


Su mujer se encogió hombros y desentendiéndose de la cuestión arregló su mesa con un mantel plástico cuadriculado de colores vivos y le sirvió la comida de mala gana.


----¡Come! Y que te aproveche.


Teobaldo miró la mesa servida y le dijo a Felicita agarrando con rabia los tenedores y con la misma rabia tirándolos nuevamente a la mesa:


----¡Te he dicho mil veces que esa vaina solo lo usan los amanerados y petulantes!...¡Solamente tráeme una cuchara y punto!


Con las manos cruzadas sobre el grueso vientre, sus ojos sin pestañas hundidos en sombra, miraba con miedo a su marido comer con la voracidad de un caimán y oír el crotaloteo de las muelas.


-----Carajo, como te suena de feo ese gañote,…espabila y tomate un buche de agua de panela.


Luego haciendo un mohín con la quijada señalándole el sable le dijo nuevamente:


-----¡Dios mío Teobaldo,..quítate del cinto ese machete, y ese genio de la cara para tan siquiera comer!


Teobaldo se paró de mal gusto, y se despojó del cinturón de la cubierta del sable y lo colgó del clavo de costumbre, donde quedó balanceándose por un instante.


Felicita se decidió acompañarlo a almorzar. Sentada, sus pesadas tetas parecían descansar sobre el borde de la mesa moviéndose al compás de la respiración. El sudor que le corría por la cara, difícilmente se abría paso a través del espeso maquillaje, y comía evitando con exagerado cuidado que no cayera en la mesa o en el piso una migaja de comida. Con igual esmero se metía en su boca las cucharadas de sopa para dar ejemplo a Teobaldo, pero éste no le prestaba atención a tan semejante comportamiento.

En medio de tantos intercambios de reproches se oyó una voz debilitada por la decencia.


-----Teobaldo.


-----Que fue


Ceremonialmente Felicita manifestó con una triste alegría y una candidez de religiosa:


---- Hoy estoy cumpliendo años de vida, y no me has dicho nada.


Teobaldo como pensativo reiteró involuntariamente lo dicho por Felicita:


----Hoy estoy cumpliendo años de vida y… Caramba Felicita, tantos años y no has podido sacarte de la cabeza esa “mala vaina” de querer festejar un año menos de tú vida. ¿Y ahora que supones que haga?


----Bueno alguna cosa de esas que me hacías antes. Recuerda que Dios está en los detalles.


----¿Cuáles de las cantaletas quieres que te festeje? –Luego acomodándose mejor en la silla y mirándola fijamente a los ojos le dijo con un tono calibrado: Mira Felicita, es mejor que te asientes nuevamente, porque hay cosas que no se pueden escuchar de pie: No quiero que tomes mí franqueza como una grosería, sabes muy bien lo franco que soy para decir las vainas,....Tú como siempre desnudando a uno de tus santos viejos e inmaculados para vestir al otro,..Los años que cumples hoy han crecido tanto que ni te lo puedes imaginar, mejor sería ocultarlos que celebrarlos. Por culpa de ellos, tus pellejos están perdiendo la lucha contra la implacable fuerza de la gravedad. Tienes que borrar de tú “cogote” ese empeño pernicioso de querer festejar los cumpleaños todos los años ---Un eructo inesperado y sin dominio le salió de repente cortándole lo que decía. Luego se pasaba la lengua por los labios y continuo diciendo—Yo nací y crecí sin celebrar un solo cumpleaños, por la simple razón que no me interesaba y nadie sabía esa fecha,…incluso, incluyéndome. Escuché de la misma boca de mí abuelo que era la mejor forma de envejecer, porque los años pasan sin uno darse cuenta.


Con una desbordarte desolación y a punto de romper en llantos le contestó:


------Date cuenta de lo que dices. De ti solo recibo desaires. Deja esa forma desparpajada para hablar. Todo lo que me dices Teobaldo, solamente caben en tú corazón grosero…..La persona que no tiene un corazón noble, cariñoso, comprensivo padece del peor de los males cardiacos.


Cuando Teobaldo alzó la cara, vio sus ojos asustados donde se engordaban dos lágrimas en los parpados a la espera para caer explotadas en el suelo, los labios implorantes en medio de un lloriqueo y un resoplido. Lo que Felicita estaba escuchando fue como un trueno en medio de la placidez. Quedó perpleja, su mente flotaba en un desconcierto total. Acabaron ambos poniéndose en pie y gritarse a uno y otro lado de la mesa.


-----Felicita se agarró con las dos manos el cuello y dijo:


------¡Hoy te diré todo lo que tengo atrancado aquí, desde mucho tiempo!,…..Lo peor que me ha pasado en la vida fue haberte conocido, demasiado tarde me convenzo lo patán que eres. Haz acabado poco a poco con mi felicidad.


Felicita para no continuar con el violento altercado se santiguó la boca. Los sudores fríos recorrían su cuerpo, luego agachando la mirada se dijo para sí, con una voz que volvió a ser la suya:


------Dios mío, espero que no me hayas visto ni oído. Tú sabes muy bien que no quise decirle todo eso.


Sin dar descanso a las mandíbulas trituradoras, Teobaldo dijo doblando el tono de voz:


------Espérate, espérate,…¡cuál felicidad! La tal felicidad jamás ha sido alcanzada por nadie, sencillamente porque esa vaina no existe.


-------Teobaldo, lo que pasa es que la felicidad no está por fuera, está por dentro.


------Ven acá Felicita, quítate de la cabeza esa manía de pretender meterme a martillazos tus prodigios, mejor dejemos todo hasta aquí y cállate, ya no quiero que me sigas fregando la vida con esos comentarios de comadres en las bateas.


-----Es la embustería más grande que he podido oír en mí vida Teobaldo,…que equivocado estas, los prodigios solo son de Dios. Lo que pasa es que Él se vale de sus más humildes criaturas para decirlas. Y en cuanto a la felicidad te diré para que lo sepas,…que tan solo buscarla, ya es felicidad.


Tomaba con sus dedos el muslo del pavo y empezaba a morder un extremo. Lo partía con los dientes, sorbía el tuétano y escupía fragmentos dejándolos en la orilla del plato. En la mitad del almuerzo, un ruido masticador y un soplido a cada cucharada de sopa para enfriarla, prosiguió diciendo en una forma ironizada mostrando en su boca un amasijo de pavo, los dedos y labios relucientes de grasa, y acompañado de una sonrisa cómplice:


-----Me siento más contento que un venerable Obispo, ellos son unos estrictos comedores de esta ave de corral.. Me atrevo a apostar lo que sea y con quien sea que, ningún obispo colombiano ha comido más pavo en esta vida que yo.


Teobaldo como de costumbre comía hasta el hartazgo. Amontonando los huesos mondados en la mesa. Detuvo en el aire el muslo de pavo que llevaba a la boca para decir:


-----Algunas personas dicen que las primeras cucharadas no les gustan porque son muy calientes y queman la bóveda de la boca, y las últimas son horribles porque están como la nariz de un perro, pero todo eso son “mariqueras”


Sacudiendo la cabeza para apartarse los pelos pegados en la frente y desprenderse las gotas de sudor de la nariz, volvió a dirigirse a su mujer que lo escuchaba con oídos distraídos:


-----¡Quedó tal como me lo soñé!..Con razón la gente dice que donde falta la comida no puede haber tranquilidad. No dudo en considerar este sancocho de pavo como un verdadero milagro de tus Santos allí colgados. Que tan equivocado estaba, en realidad el sancocho sabe mejor de lo que vuele.


Teobaldo dio dos palmadas seguidas en señal, pidiéndole agua de panela a su mujer, mientras tragaba una bocanada de sopa. Mientras Felicita chupaba el hielo con una ternura de ángel, Teobaldo ronroneaba otro pedazo de hielo de la buchada de agua de panela con limón que tomaba. Luego dijo nuevamente sin dejar el crotaloteo de hielo con sus dientes:


-----Caramba, como me quedó de pesada la barriga. Un bocado más de este sancocho y, reviento. De entre todas las carnes el pavo sigue siendo el rey. No lo digo Yo, lo confirman los paladares de esos obispos.


Con el poco de arresto que le quedaba, Felicia se atrevió a reprender a su marido ante tamaño desafuero.


-----A esa gente hay que referirse con respeto y reverencia. Lo mismo haces con la iglesia y sus santos. Ni una broma más por muy inocente que sea. Yo creo que por tú culpa estoy a punto de perder la razón.


-----¿Por mí? –Teobaldo le respondió con un acentuado escepticismo señalándole los santos que colgaban en la pared-- Será más bien por tus santos altaneros y malcriados. Tienes que buscar la calma, yo creo que la distancia más larga entre dos personas es el malentendido y siempre es lo que ha existido entre los dos. Yo te creo incapaz de mentir, pero te dejas meter las vainas más raras en la cabeza.


Dominado por la hartura, Teobaldo se metió en su “hamaca cinco estrella” acariciando la cabeza y el lomo de su perro que le acercó. Pero fijaba su mirada en la guacamaya de Felicita, parada en una baranda de madera, sujetada con sus tarsos y los largos dedos de sus patas farfullando cotorreos. Su rutilante plumaje reflejaba colores por descubrirse. El animal también miraba fijamente a Teobaldo con aquellos ojos redondos, orlados en rojo y expresión sibilina.

Lo más importante para Teobaldo era hacer la siesta, y soñar sumergido en las mieles del sueño, y el deseo de tener a Nacarid a su lado. Se puso un pañuelo alrededor del cuello de la camisa para absorber el sudor, que le ocasionaba el calor que emanaba de las tres grandes piedras negras de la hornilla que conservaban todavía la temperatura del fuego apagado que había cocinado el sancocho de pavo unas horas antes.


------Esta hamaca es el péndulo de mí alma. Aquí pienso y también nacen las ideas más torpes y pendejas de mí vida. –se murmuró-


A pesar de haber tenido en la vida tantos problemas de toda índole jamás llegaron uno de ellos quitarle el sueño. Pero esta vez no pudo pegar los ojos viendo con la imaginación la escena del puerto. Su cerebro fue un torbellino de pensamientos diabólicos. Desde entonces cada día que pasaba Teobaldo metía su vida en la extravagancia, la locura. El celo se le multiplicaba, la obstinación por Nacarid era insoportable, le bastaba cerrar los ojos para que su cuerpo se le dibujara y coloreara en la imaginación. Después de darle tantas vueltas a los pensamientos se dijo moviendo con desconsuelo la cabeza:


------Que vaina tan jodida,..estos son los totazos que da la vida,....siento como si me hubiera muerto varias veces en este día. Dicen que solo padeciendo por amor se sabe cuándo se ama.


Teobaldo Arciniega Collante era un hombre de un temperamento volcánico, violento hasta la brutalidad y solitario como todos los desconfiados. Aprendió la desconfianza desde niño y visionar lo que había detrás de lo bueno y lo malo. La soberbia, el peor pecado, lo tentó desde pequeño. Casi todo lo decía con su mirada y sin pestañear. Cruzó la etapa de la niñez sin la oportunidad de acariciar con sus manos un juguete de palo. Siempre se mostraba caprichoso y convencido de cambiar los males de otros, sin necesidad de apagar los incendios propios. Desde los dieciocho años cuando su papá murió le juró caminar el mismo camino de su vida y la de su abuelo. Ocupó el cargo de Inspector rural de Policía, cuya actividad consistía en la vigilancia, orden y control por falta permanente de la Policía Nacional, cargo que se recuerde únicamente lo habían desempeñado a perpetuidad su abuelo y su papá. Era un hombre espigado, de una estatura poco común, dueño de un carácter de hierro que hacía recordar al diablo. Heredó el nombre de su abuelo y el de su progenitor. Su padre le pasó desde tierna edad las extensas enseñanzas de la doctrina del miedo y como sembrar el respeto en el pueblo, que éste a su vez, había recibido de su papá para ser un buen Inspector de policía. Así mismo la costumbre de disponer del dinero de las multas e impuestos de los ciudadanos al no remitirlos a las arcas municipales, sino por el contrario trocarlos por comida como, pavos, gallinas, patos, puercos, pescados etc.

Recién cruzaba los cuarenta y un años de edad. Se podía decir que, Efrén Galíndez Arzuaga se encontraba en la vejez de la juventud y Teobaldo Arciniega Collante en la juventud de la vejez.

La Inspección de Policía en tiempo de su abuelo estaba construida de barro desde el suelo hasta las tejas. Para la época del papá de Teobaldo Arciniega Collante, era la única casa en ladrillo que existía en el pueblo, y que al paso de los años fue cubierta por capas gruesas de pobreza. La pequeña edificación constaba únicamente de una sala en la que se encontraban mismo muebles de la época de su abuelo: Cuatro taburetes, una mesa, una pequeña vitrina donde permanecían los libros que registraban todos los expedientes referentes a las infidelidades, peleas, abigeatos etc. Un sable de noventa centímetros de largo, fabricado artesanalmente en Cuba en el Siglo XVIII de acero con empuñadura de plomo terminada en una cabeza de águila. Originalmente llego de fábrica con un solo filo, pero su abuelo le sacó otro en el lomo para mayor seguridad personal. Un Cepo de fabricación ingeniosa, donada por el gobierno central a todas las Inspecciones de Policía del país. El temible artefacto de madera pesada, lucía en el centro de la sala fijado con dos patas en el suelo. Aquí se mantenía al reo inmovilizado de pies, manos y cabeza hasta esclarecer el hecho o por lo general para curar una borrachera.

A Teobaldo le correspondió hacer la única y austera reforma a la edificación inventada por él.. Fue un calabozo en ladrillos dobles. El recinto de 5 metros de altura, estaba herméticamente cerrado, con escasa ventilación, y una oscuridad que borraba todo. Permanecía con un fuerte olor a excremento de lechuza y de murciélago. La puerta de entrada era en tablones gruesos sostenida por seis fuertes bisagras y dos poderosos cerrojos que blindaban una total seguridad. Todos los implicados preferían el temible Cepo antes que el mencionado Calabozo.

A pesar de todo, lo maravilloso en este pueblo es la majestuosidad de sus crepúsculos, sus habitantes hasta el día de hoy no se han dado cuenta que son los amaneceres y atardeceres más encendidos de la Costa Caribe Colombiana.


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Sentado en el sillón del escritorio, situado en el rincón más penumbroso y caluroso, desde donde su cuerpo resaltaba como un fantasma, se murmuró:


------Llegar a esta esquina con gripe y con más problemas que hay en la cabeza de un loco, es lo más desastroso. Pero irónicamente mi papá decía que éste rincón no lo cambiaba por otro. Era como el lugar que un perro escoge para disfrutar el calor del fuego.


Fijaba su mirada por muchas horas recordando cómo pudo ser aquel día en que su abuelo lo encontraron ahorcado de una cabuya en compañía de un sartal de murciélagos colgados de la misma tiranta, como si fuera un murciélago más.

----Ahora comprendo porque los hombres de este pueblo dejaron a un lado la pasión por ocupar el cargo de Inspector de Policía.--Teobaldo seguía diciéndose-- Aquí en este mismo rincón mí abuelo fue capaz de tratar con Dios y con el Diablo dándole a cada uno su sitio y sin perder jamás el suyo, que siempre fue la imposición.


Efectivamente desde allí tenía la mejor panorámica para otear por el cajón de la ventana, el paisaje de la Ciénaga, el arribo de las embarcaciones y sin duda el lugar preciso para escuchar mejor el silencio. También la posición predilecta para contemplar las excoriaciones de las viejas paredes de la Inspección donde el moho y la humedad le habían ganado la batalla a la pintura de cal y al friso. Dedicaba horas buscando en las paredes figuras de caras humana que se le parecieran más a Nacarid. Definitivamente nada conseguía vulnerar su obstinación por la muchacha.


-----¡“Cipote” vaina, hoy me siento como si hubiera matado un cura!..Yo, no me puedo explicar cómo se puede sentir tanto dolor sin tener alguna herida en el cuerpo.


Teobaldo escuchaba embelesado el clamor de las chicharras y a un pájaro carpintero que con sus picotazos sobre un árbol hacía sonar el tiempo. El sudor le resbalaba hasta las cejas y desde allí le goteaba hasta caer sobre el escritorio, luego con el dedo repartía el sudor escribiendo con letras grande el nombre de Nacarid y un enjambre de garabatos sin solución, que parecían un manuscrito de un niño, se dijo:


----La ilusión es el combustible que enciende a la esperanza, pero esta ilusión la tengo perdida. Creo que la amo hasta el límite que se puede amar.


Teobaldo hizo una pausa a todos sus pensamientos e imaginaciones para escuchar únicamente el picotear del pájaro carpintero que parecía transmitir una queja de presagios. Luego afirmó:


----¡Carajo!…esa Nacarid es tan bella como falsa,…--No pudo evitar sonreír y encogiendo sus hombros se dijo pausadamente-- esa muchacha parece ser el arsénico del amor. La reconozco tanto que la veo mejor con mis ojos cerrados.


Cuando se le abrieron nuevamente las compuertas de los recuerdos, se murmuró:


-----Estos pensamientos me escalofrían. Y lo peor de todo es que estoy amarrado de pies, manos y cabeza a los caprichos del destino. Y yo cría que, nada me conmovía en esta “puta” vida. Pero las cosas se van poniendo tan fregadas cada día que pasa.


Llevado por los recuerdos todavía fresquitos en su mente, serró fuerte sus parpados para poder ver entera y viva a Nacarid, preguntándose sin palabras y sintiendo el latido de su corazón en las sienes:


----¡caramba!.. ¿Será que este amor que siento por esa carajita es el amor de los amores?..No me puedo explicar cómo su sombra me persigue así como la muerte persigue a los mortales –Respirando con fuerza de dijo para calmar su confusión— Pero también puede ser que, lo que estoy sintiendo ahora no es amor, es más bien envidia de otro.


Todo lo veía desdibujado, una extraña angustia se apoderaba de su cuerpo. Echando la silla hacia atrás y casi se gritó:

----la silla es el mueble más incómodo que pueda existir, --Dijo a continuación--¡Ojala todo esto me desapareciera del alma como desaparecen los sueños!...No alcanzo a comprender como el amor por una persona puede convertirse en odio tan rápidamente. Estoy casi seguro que todo esto es el triunfo de la derrota.


En el centro de sus recuerdos se encontraba solamente Nacarid.


-----La gente tiene razón cuando dice que, el amor pasa por cuatro fases: Enamoramiento, crisis, traición y el abandono.


Tecleando con sus dedos los golpes profundos de su corazón que marchaba al compás del reloj guardado en su bolsillo, se dijo nuevamente:


-----¡Estos recuerdos me tienen muy fregado!...es increíble que se haya dejado cargar de ese tipo a pesar de que su color todavía está encadenado. Creo que tendré que darle la misma dosis de escarmiento que le propiné al Árabe Isaac Kamal que se atrevió a enamorarla. —Se paró de un salto y prosiguió— Es mejor salir pronto de esta asfixiante sala, no sé qué carajo hago más aquí.


__ . __


El vigoroso Sirio, era un comerciante de tela que recorría los mismos caminos que le enseñó su progenitor, como fueron los pueblos de la ribera del río Magdalena y ciénagas repartiendo tela de popelinas, tafetanes, driles, satines, linos, sedas y cobrando dinero que le adeudaban por el digno sistema de la confianza: “El fiado”.

Isaac Kamal no regresó al pueblo después de haber recibido un remolino de sablazos que se abatió sobre la espalda y nalgas que lo tuvo al borde de la muerte por traumatismo múltiple. Desde entonces prefirió encontrarse secretamente con Nacarid en la ciudad de Magangué o por intermedio de cartas que solamente llevaban besos pintados en una hoja de papel por desconocer la escritura del español.


Teobaldo vivía pendiente de la sombra de Efrén. Sacó del bolsillo su reloj de tapas doradas y después de consultar la hora lo guardó muy despacio distraído por la tormenta de sus pensamientos. Miró desde la ventana por donde se colaba un filoso rayo de luz que lo segó completamente sin poder ver claramente el muelle del puerto. Se puso el sombrero hasta los ojos, ajustó el cinturón de su pantalón de dril más arribe del ombligo, tomó su sable y sujetó fuerte la correa de la cubierta corriendo la hebilla más de tres ojales del que acostumbraba usar. Salió a la calle, cerrando la puerta, y escuchándose el herrumbroso cerrojo con la pintura desconchada mostrando el óxido, abriéndose vía, luego la llave dando vueltas dentro de un pesado candado momposino, y se dirigió como de costumbre a inspeccionar los movimientos del arribo de la lancha.

Recorrió la calle principal del pueblo, no por la acera buscando la sombra, sino por el centro, con sus ojos entornados por la fuerte luz que se volteaban para todas partes buscando detalles. El sol del mediodía engrosaba su sombra que pisaba a cada paso que caminaba mirando algunas veces las puntas de sus botas, y como siempre lo hacía agarrado de la cacha del sable tan fuerte que la sangre no le llegaba a la mano. También contemplaba las casas de las que emanaban humos densos, anchos y lentos buscando el infinito cómo, si cada una tuviera una añoranza y una historia en particular. En los patios de esas casas se veían las dentaduras disparejas de las ropas colgadas de los alambres para secarse con el sol que no era ni para vivos ni para muertos. Llegó a la plaza con Efrén Galíndez en su pensamiento, pero no lo encontró.

Como si estuviera parado en el mástil de un barco Teobaldo miraba embelesado girando despacio la cabeza para que se le abriera la perfecta geografía de la Ciénaga en su total extensión encajonada por la verde arbolada, arbusto y bancos de pececillos en zigzag relucientes, sus lomos reflejaban la luz del sol. Todo parecía engullido en las transparentes aguas. La brisa bastante tibia le palmoteaba el pantalón contra sus piernas. Luego miró fijamente allá donde termina todo, allá donde termina el silencio. Giraba despacio la cabeza hacia arriba y los costados para aumentar el placer de estar en el paraíso. Algunos “goleros” planeaban el espacio en círculos concéntricos sin mover sus alas, bañándose con el calor del sol que se tornaba rubio. Las nubes en el firmamento formaban bellísimas figuras, entre ellas majestuosos palacios, pirámides y bosques. Teobaldo permaneció por largo rato inmóvil, abstraído, con miedo de moverse, de respirar, para no desaparecer aquel ensueño que lo arrobaba por completo. Parecía observar los bienes de la naturaleza sin que faltara uno solo. Todo aquello que se abría ante sus ojos posiblemente era algo similar a lo que pudo haber sido el Paraíso Terrenal.


-----Desde niño me enamoré de esta ciénaga milenaria tal como ahora me he enamorado de Nacarid. Se dijo


Cuando su mirada se bajó y miró para el centro de la plaza donde la tierra resplandecía un matiz de plata reflejada por las aguas de la Ciénega, se encontró con una figura conocida. Todo aquel embeleso se trasformó en el peor malestar. Sus ojos brillaron con violenta rabia, como la mirada de la cobra mortífera a un pajarillo inocente al divisar a Eladio, el hermano de Efrén Galíndez Arzuaga. Se dirigió con paso apresurado al encuentro con el joven que se encontraba con los codos apoyados en las rodillas y rascándose la cabeza con ambas manos sentado sobre la dudosa blancura del pedestal de concreto donde se erguía la estatua de la Santa Cruz en el centro de la plaza de la Iglesia.

Teobaldo entrelazando todos sus dedos los traqueó para des entubarlos y luego le dijo sacudiéndole el hombro:


-----Siendo muy niño oía decir a mi abuelo cuando advertía que, ponerse mirar nubes es cosa de flojos y ociosos. También decía que era un excelente medio de transporte para planear maldades.

El muchacho quedo paralizado por los peores miedos. Lo único que se le cruzó en la cabeza en ese momento fue correr, pero las extremidades estaban pegadas. Le brillaba la cara perlada de sudor. Sudaba frío, temblaba, miraba a los lados y se encomendaba a la Santa Cruz. Se aferraba fuerte a los pelos de su cabeza como preparándose para lo peor. Teobaldo sonriendo falsamente y mirándolo como un juez, le preguntó irónicamente valiéndose de las estrategias de la mentira:

-----Dicen por ahí que, tú hermano y tú dejaron de ser unos ladronzuelos de gallinas por convertirse en unos ladrones de vacas.


El sol tenía al aire prendido. La claridad intensa del medio día no le permitía mirar la cara al inspector. Un escalofrío le corrió al joven de arriba abajo. Se miraba sus enormes pies calzados en unas abarcas de cuero que restregaba una contra la otra, guiado por el instinto del miedo. Finalmente como pudo se irguió su cuello para mirar al inspector. Tragó saliva, su nuez dura, frágil y filosa subía y bajaba tras la piel translucida del cuello.

Asustado como un conejo y balbuceando le respondió sin atreverse a mirarlo nuevamente.


-----¡Seeñor! ..ni rooobamos gallinas ni tampoco robamos vacas. Lo único que sabemos hacer es, es, .. sembrar Yuca, Ñame y Maíz.


En la cara de Teobaldo se podía ver clarísimo su mala intención.


----Ese cuento es para un pendejo,..la cuestión es que, la yuca y lo otro no se parecen en nada a una vaaa…….


La ira alcanzó la exacta medida para explotar. Sin terminar la palabra desenvainó el sable y de un salto de gorila loco se lanzó contra el indefenso muchacho que lo vio venírsele encima sin poder hacer nada para esquívale o de huir. Teobaldo era mucho más fuerte y por eso pudo fácilmente atenazarle con una sola mano por la garganta. Desorbitando los ojos, Eladio intentaba en vano arrancar de su cuello la manaza que lo apretaba. Imitando a una fiera mugiente le amenazó con una frase bien cincelada:


-----¡Te voy a matar a ti y a tú hermano!....¡Y que esto, no te quede en el cerebro pegada con saliva de loro!.


Con todas sus fuerzas le propinó un solo planazo en la espalda como darle un palo a una piñata. Unos ripios de camisa volaron como lana, quedando el orificio en forma de la hoja del sable. Un grito vociferado con fuerza se escuchó en toda la plaza y que escandalizó a los perros y gallinas de los alrededores:


----¡Toooma bellaco!


En la misma fracción de segundo la impresión llegó a sus oídos y a su corazón. El joven con los dos riñones pinchados calló de rodillas sintiéndose un golpe suave y ahogado y sus ojos abiertos miraban sin luz, intentaba ponerse de pie para correr pero estaba paralizado. Luego lo tomó por una pierna y lo arrastro varios metros como el cazador arrastra un venado muerto.

El joven quedó tirado en el suelo pataleando y manoteando, dando la impresión de no pesar sobre la tierra. Un grito simultaneo y explosivo de todos allí presente se escuchó en toda la Plaza. Una anciana retirando su cara desde la ventana de su casa ubicada en la esquina de la plaza, mirando con respetuoso furor hacia el techo oscuro buscando al Altísimo y acusándolo de ser inmisericorde con el joven. Luego hizo un gesto patético, mostrando sus dientes ennegrecidos y le gritó con fuerza a Teobaldo:


----¡Por la Santa Cruz,..Que salvaje es este demonio!. Recuerda Teobaldo que, igualito hizo tú papá con mi marido, cuando lo dejó con la pelvis rota.


Teobaldo después de envainar el sable estuvo por un instante haciendo girar su sombrero en su mano y prestando atención a todos los movimientos de la señora. Con la tranquilidad más grande se colocó su sombrero, sacudió sus manos y mientras caminaba a su oficina, respondió con toda la fuerza de su voz haciendo añico la semántica de las palabras:


----¡No entra en mí el carácter de provocar alborotos públicos. Esta vez fue necesario. Lo castigue despacio, lo que pasa es que, la sangre es más escandalosa que la candela. Además usted ya casi no ve ni oye!


-----Luego la anciana mortificada por los recuerdos se acercó a la foto de su marido lo beso. Lo mismo hizo con los ombligos resecos de sus dos hijos que orgullosamente exhibía en unos recuadros de vidrio colgados allí 50 años atrás en una de las paredes de la sala. No por una preocupación biológica ni mucho menos por aquello de las células madres. Sino por el único propósito que sus hijos jamás tomaran la decisión de ausentarse de su casa.

Al joven todos los músculos de su cuerpo saltaban bajo su piel y la tensión de su rostro denunciaba el enorme esfuerzo que estaba realizando para ponerse nuevamente de pie. Temblaba impotente como un potrillo bravo sujetado a una estaca en el centro de un corral acabado de errar, al rojo vivo.


Bajo la mirada de todos los curiosos el inspector le gritó nuevamente al joven:


……¡La próxima vez te daré una prueba a que saben mis trompadas y mis patadas.


Cuando se orilló un poco a la vida, el joven se puso en pie con sus entrepiernas humedecidas y caminó a trompicones, enclenque y todo aporreado, con el dolor de la muerte a cuesta por la calle polvorienta sin sombras y sin vientos alejándose y desdibujándose su cuerpo hasta la última casa, allá en el horizonte. Allí recibió los auxilios de sus padres y el de Efrén, su hermano. El día siguiente la familia decidió mudarse a su pequeña parcela evitando de este modo un nuevo encuentro con el Inspector. Era sabido en toda la región que los Arciniega habían inutilizado a golpe de sable un gran número de personas habitantes del pueblo. No era raro todavía encontrar ancianos inutilizado por golpes, propinado por el papá de Teobaldo Arciniega.

Un dolor permanente al que, en principio se le atribuía al sablazo no se le dio importancia. Transcurrido un mes y no encontrarse bien de salud, acudieron al hospital más cercano, fue así como en la ciudad de Sincelejo se le practicó una Nefrectomía. Desde ese momento Efrén juró no quitarse ni para dormir su machete al cinto y por precaución lo afilaba con una lima todos los días. A escondida de sus padres y de su hermano, se enrollaba su camisa en el brazo izquierdo y en la derecha su machete y practicaba todas las mañanas un duelo a muerte con el aire.


----¡Desde hoy prepararé mí ánimo para ese duelo! –Se dijo-


Todo lo contrario lo hacía Teobaldo Arciniega que, lo practicaba todos los domingos en el patio de su casa en una forma más real: una muda de ropa llena de lana semejando la figura humana.

Una mañana como de costumbre en labores del campo, descamisado, sudando a chorro, abanicando el machete en el aire, apretando los dientes y gruñendo, Efrén fue sorprendido por su padre en el simulacro de un combate. Estrellándose la mano contra la frente le gritó desesperado con un rostro reteñido de dolor y una voz cargada de amor:


----¡Hijo por Dios, deja de echar más leña al fuego! …Hay que ver que tú si eres loco de enamorarte de esa muchacha, ¿tú no te das cuenta que ella es la pretendiente de ese “tipo frío” sin sentimientos y que es más peligroso que la culebra que mordió a San Pablo?


Efrén Paró la acción, y quedó con las piernas separadas, su cara manifestaba todas las modalidades de la rabia, los brazos extendidos hacia abajo, en la derecha sujetaba el filoso machete y en la izquierda tenía la camisa enrollada como escudo. Por primera vez las palabras fatídica salió de su boca involuntariamente, gritando:


----¡Teobaldo,…tú eres dos veces mí enemigo,..Me las tiene que pagar toditas juntas!


----No te dejes empujar por la cólera hijo. Lo que acabas de gritar Efrén, no es simplemente una emisión de aire. Ten cuidado de lo que dices y comprende que en la vida no funcionan las leyes de la venganza. –Continúa diciendo su padre-- Quiero que te metas esto en tú cabeza: “No hay amor que no tenga cárceles”


------ . -----


En un silencio donde solamente se oía la sonora e imperturbable respiración de su reloj dentro del bolsillo Teobaldo Arciniega toma el primer sorbo, cierra los ojos con las pestañas bien serradas. En su boca guarda por un rato la buchada de café para retener mejor las imágenes de la sublime irradiación belleza de Nacarid Oropeza Quintina. Las gotas de sudor que se le remansaban en las cejas, en los orificios de la nariz le caían finalmente por su peso dentro del pocillo de café. Un escalofrío súbito le nació en el pozo de las entrañas y le recorrió como electricidad todo el cuerpo y se dijo sin palabras:


----¡Caramba,..que vaina!..A esa Nacarid la deseo con el amor con que se desea a la mujer del prójimo.

Una voz rota y fastidiosa para él, rompió el encanto para vaticinarle como cual oráculo el final de su salud. Al borde de las ganas de llorar, y con la mirada con la que se mira a los débiles le dijo su mujer con aquella manera de hablar muy amorosa y descargándole una dosis de su buen humor:

----La buena salud añade vida a los años; no te asustes por lo que voy a decirte, tienes que ir a Sincelejo a ver cuanto antes a cualquier médico. Te lo vengo diciendo desde mucho tiempo atrás. Tienes esa cara peor que un mico apaleado.


Felicita encontró la oportunidad de descargar los pensamientos negros que le atacaban día y noche por los celos y la deserción de la vida matrimonial de Teobaldo. Eran ya tan prolongada las ausencias del lecho conyugal que se le estaba olvidando como hacer el amor. Pero tal desinterés jamás denotaron el amor que le profesaba.


----Estas tan fregado de salud que han pasado que se yo cuanto tiempo que, no me haces el a…….


Teobaldo se erizó. Se escuchó el gorgoteo de la buchada de café cuando bajó por la garganta, luego se pasó el dorso de la mano por los labios. Enredado en sus pensamientos y palabras le respondió a su mujer cortándole lo que decía para no dejarle terminar tan grave reproche:


----Ya tú,….ya tú no me ínsitas ni a un mal pensamiento Felicita y te advierto,..no quiero oírte una pendejada más…¡Me oyes!


Con un esmeradísimo afecto felicita le aconsejó:


----Teobaldo has el esfuerzo de desendiablarte. Las palabras no se las lleva el viento, ellas dejan huellas. Cuando salen de la boca jamás se pueden corregir, una palabra cruel arrastra todo. Tienes que hablar el lenguaje del Reino de los Cielos. El lenguaje que estás hablando causa mucho dolor. Tienes que hablar con la lengua firme, y con la cabeza, no con el intestino.


----Mira Felicita yo sé que tú eres bastante testaruda y capaz de hablar hasta debajo del agua,..¡Déjate de seguir jodiéndome la vida con esas cantaletas! --Le reprochó con fuerza--.


Su mujer rompió a llorar con toda su cara, cuando calló se hizo un silencio oneroso y sobrecogedor y le lanzó un dardo verbal para ver si colocaba a Teobaldo en el lugar de la normalidad, --diciéndole con la vista desviada como si estuviera mirando cualquier otra cosa:


----¡Deja la bellaquería!....y otra cosita, no sigas buscando a Dios en los rincones,…tienes que ir a la Iglesia, porque erguido en los hombros de Satanás no podrás alcanzar la paz en tu cuerpo.


Pese a la mirada molesta de Felicita, Teobaldo con una antipatía cósmica, dijo jocosamente para desquitarse:


----Tú siempre con la absurda idea de querer habla con más razón que tus santos, no sabiendo que, una muñeca de trapo tiene más seso que tú.


Felicita levantó la cara en una imploración callada y se santiguo mentalmente. Ella a llorar y Teobaldo a sonreír. Teobaldo soltaba carajazos y Felicita se apretaba las orejas con las palmas de las manos creyendo una súbita sordera, las lágrimas y una tos que amenazaba poner a volar el pulmón por la boca, no la dejaron continuar.

Teobaldo quedó por un momento embelesado en viejos recuerdos y le dijo a su mujer ya un poco calmado:


----Tanto tiempo he dejado pasar para convencerme de la razón que tenía mi papá cuando me decía: Hijo ten cuidado,…de las religiones con sus santos no se escapa nadie.


----¡Teobaldo deja de hablar tanta porquería, la grosería es una forma de sustituto de la ignorancia…tú como le debes por lo menos diez velas a cada santo de la Iglesia…..Debes ir y arrodillarte un rato.


…..A esa Iglesia desangelada jamás iré, además ya todos esos Santos viejos y sin pelos no hacen milagros. Tendremos que llenarnos de coraje y quemarlos algún día de estos en el centro de la plaza. Además yo creo que esos santos de esa iglesia te exigen mucho más de lo que ellos te conceden.


(SIGUE...)


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