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Madrugada En El Infierno

Hay sucesos que se mantienen en la historia de los pueblos. Como este, a pesar de haber transcurrido ya ni más ni menos que diez décadas, quizás por aquello que la memoria de las grandes tragedias son más duraderas que la memoria de las grandes virtudes. Lo curioso es que de todos estos hechos, lo que más recuerdan sus habitantes es el nacimiento y los amoríos de Teobaldo Arciniegas Collantes.

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La muerte perinatal era evidente, la comadrona conocedora de los secretos de las mujeres para partearlas se encontraba preocupada y confusa. Tocaba la barriga a la paciente buscando el latido del corazón de la mamá y del bebé, y aplicaba rezos. Atosigada por la duda exclamó con unas palabras que horrorizarían a cualquiera, pero el tono que les dio las convirtió en tranquilizadoras. Con un suspiro largo para soportar su impresión, dijo moviendo sus brazos abiertos:

…….¡Dios mío!...Parece estar muerto sin haber nacido.

Todo se desarrollaba más como una enfermedad que una forma natural de llegar al mundo. El saco de líquido amniótico dentro de la tripa de su madre se rompió. Apenas nació colocó dos lazos a cuatro dedos de distancia en el cordón umbilical. Inmediatamente esterilizó la tijera con la llama de una vela y cortó entre los lazos. Bañó el muñón del ombligo con cuatro tapas de yodo y finalmente lo fajó; porque según ella evitaría que su ombligo se le saliera por el resto de su vida.


En los brazos de la comadrona el recién nacido fue atacado por un hipo incontrolable, mostrando un líquido color verdoso en su boca y la cara con el mismo color. Sus miembros se retorcían, nadie podía haber imaginado que pudiera tener tanta fuerza aquel cuerpecito que luchaba para alcanzar una bocanada de aire. La comadrona tenía que apretarlo contra sí para que no se le escapara de sus manos como un pescado. A escasos dos minutos su cuello tomó una postura hacia atrás quedando rígido. La comadrona acompañada de su sabiduría mostró al bebé en sus manos a los presentes, y con una negación de su cabeza y un cerrar de párpados dio el trágico diagnóstico a los presentes:

-----¡Es una criatura sin pecado que se devuelve directo al cielo!.....Los intermediarios entre la criatura y la madre no funcionaban. Sus pulmones están rellenos de agua donde nadaba, y esa agua estaba completamente teñida de su propia caca. Además la glándula espiritual estaba cerrada y su alma no alcanzó a encarnarse en su cuerpecito. Hice todo lo posible e imposible por abrir ese canal espiritual pero todos los esfuerzos fueron en vano.

Pareció que el milagro del nacimiento no se dio. La enigmática glándula en referencia no lo permitió. El hijo del inspector parecía no respirar. Fue un parto traumático que por falta de tiempo se realizó sobre la mesa de la cocina. La partera meciendo al recién nacido en el aire como dibujando una cruz, mientras sus ojos buscaban el mejor rincón para acomodarlo. Parando su mirada en un pedazo de lámina de zinc tirado en la tierra corrió y lo acomodó como un objeto peligroso, para intentar salvar a su madre. Pasadas unas horas su abuelo, que con el peor pesar miraba a su nieto tirado en aquel pedazo de hojalata, se acercó y se dijo enterneciendo su cara surcada de arrugas:

-----Vea pues, que cosa.....en algún punto de la vida la bendita muerte ha de llegar. La naturaleza humana está hecha de tal forma que nadie puede sobrepasar el terreno que le es asignado por el tal “destino”.


Mientras cubría el cuerpecito con el paño de secarse las manos en el aguamanil, advirtió que la criatura no tenía las pupilas dilatadas, no estaba frío, no presentaba rigor mortis, lo movió bruscamente y en el mismo instante el bebé se agarró con fuerza de su mano. El abuelo abrió desmesuradamente sus ojos al notar que el recién nacido también hacia lo mismo. Así relató Teobaldo Arciniegas padre, el nacimiento de su hijo Teobaldo Arciniegas Collantes.

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Teobaldo Arciniegas Collantes, excepto el día de su nacimiento, jamás en sus años de vida había estado enfermo. Era un hombre alto, corpulento, bien alimentado. En sus entrañas escondía una gran fortaleza. Pelo negro grasoso echado siempre en la frente, unas patillas trabadas en las comisuras labiales que se unían al espeso bigote, donde se escondían unos labios amplios. Quijada prominente que sobresalía de su cara, de donde se sujetaba una dentadura fuerte y amarillenta que raramente exhibía.


Se mostraba como el Inspector de Policía más inspector que se podría ser en el mundo, solo mirarlo metía miedo. Poseedor de una inteligencia torpe, más imaginativa que lógica. La bondad no formaba parte de su personalidad, y el oficio como inspector de policía no le permitía acostumbrarse a las expresiones de gratitud. Poseedor de una rara y admirable virtud: El coraje.


Siempre se comentaba en el pueblo que, los Arciniegas eran de esos hombres que nacen con gasolina en sus venas. Su autoridad era como una ausencia de límite. Decía con orgullo que su alma no tenía ni la cuarta parte del temple de la de su papá, y ni por allí a la del abuelo. Gestos circunspectos, jamás toleraba una chanza de cualquier persona. Caminaba siempre tieso de majestad por el centro de las calles, agarrando el pomo del sable ceñido a la cintura, como si buscase a un enemigo susceptible de surgir en cualquier esquina. Siempre con la camisa abotonada hasta el último ojal. Cualquiera por más lerdo o lelo que fuera podía imaginarse que él era allí la primera autoridad.

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En un medio día en el que el sol avanzaba por el cielo sin nube, limpio e interminable, en donde se respiraba un aire impregnado de olor dulcísimo de las procelosas aguas de la extensa Ciénaga, arribó como de costumbre la lancha procedente de Magangué a dejar los pasajeros de este puerto en medio de un bullicio de vendedores de comida, dulces de piña, cocaditas de coco y de leche dispuestas en círculos.


Entre todos esos pasajeros llegaba Nacarid Oropeza Quintina, bella joven morena canela que tenía exactamente 18 años de estar en este mundo, con la suerte de ser hermosamente decorada por la naturaleza al dotarla de muchas prendas físicas. Podía tener más de cuatro rasgos en su cuerpo que la separaban de las demás mujeres. El óvalo de su rostro jamás había probado el maquillaje, los labios parecían dibujados con el más fino delineador. Ojos y pelos oscuros y brillantes, no tenía idea de lo que era la vanidad. Con su cuerpo núbil dentro de un modesto traje que dibujaba la silueta y dejaba al descubierto casi la mitad de los robustos senos y los redondos brazos que eran el embeleso de corazones y de miradas. Cualidades que serían envidiadas por cualquier mujer de la ciudad.


Para poder desembarcarse la muchacha tenía que quitarse las sandalias y meter los hermosos pies dentro del lodazal, ya que las aguas se habían retirado un poco de tierra firme por aquello de la llegada del verano. Efrén Galíndez Arzuaga, con la cachucha volteada en su cabeza, quien se comía una pegajosa arropilla de panela que le llenaba la boca, rápidamente se paró del suelo, se limpió los dedos con la camisa mientras la abotonaba. Desató los cordones y con un simple pataleo se despojó de los zapatos de caucho, se arregazó hasta las rodillas el pantalón y corrió a auxiliarla. Entró al lodazal como un toro que se desbarranca, el agua se tiñó de barro tras él, por la agitación de su andar hasta llegar a la lancha y tomarla a ella entre sus brazos como una bebe, para que la bella muchacha no se ensuciara con fango sus morenos pies. La larga y nutrida cabellera tan negra como un zapato de charol se desplomó al vacío y se bamboleaba en la brisa reflejando aquel intenso azul del negro. Era una lustrosa caballera que Nacarid en compañía de su mamá cultivaba y masajeaba con aceite de aguacate, esencia de limón, miel, y proteínas de la leche. Todo eso se lo echaba en las raíces del pelo. Era una bella caballera apta para representar en el actual mundo globalizado cualquier marca de champú.


Con el agua hasta las rodillas, resbalando en el barro del fondo, buscando donde apoyar los dedos de sus pies, Efrén chapoteaba con la muchacha en brazos, mirando el carnoso descote, la cara arrebolada y olfateando el perfume natural de Nacarid Oropeza Quintina. Un tic se apoderó de su cara. Todo esto fue como recibir el bautismo del amor. También fue la primera vez que Efrén olió bien de cerca el amor y sintió que lo quemaba, despertando algo que para él era completamente raro. Al llegar a la orilla, con gran esfuerzo buscó dando poner el pie para salir de allí, para luego bajar a Nacarid con la misma delicadeza como se baja la escultura de una santa de yeso.

Paladeando todas estas palabras con la mejor sonrisa y la voz más dulce que encontró le sopló al oído en un tono afable y de manera especial, como un beso con los ojos cerrados:

----Nunca había tenido entre mis brazos a una mujer tan bonita, seductora y hechicera como tú.

Mariposeando los parpados y mirándolo con sus pupilas negras, brillantes y luminosas Nacarid, cambiando el rictus de su rostro con cierta picardía, le devolvió el mismo secreto zalamero pero lleno de almíbar poniéndole alas a las ilusiones de Efrén:

----Mentirosito,.. No creo que sea la primera vez.

Efrén al escuchar dentro de su cabeza aquella voz quedó perplejo, sintiendo el desbordamiento de los niveles de testosterona y se estremeció igualito como estremece un milagro. Todas las señales de placer recorrieron su cara y como de costumbre el amor se metió por los ojos y se le acomodó definitivamente en el corazón. Fue sin lugar a dudas aquel amor que no se alcanza a anticipar.


Efrén sentía besarla con la mirada y con la mente. Con la peor incertidumbre de un enamorado le pregunto tímidamente:

----¿Cómo se llama tu nombre?

Nacarid Oropeza Quintina. --Picaronamente respondió con un mudo piropo en los ojos-- ¿y tú?

Efrén,.. Efrén Galíndez Arzuaga.

Nacarid con su maletín en la mano y su cuerpo silueteado por el traje que el viento azotaba se alejaba buscando su casa, sin dejar de mirar a cada instante hacia atrás. Efrén se quedó con el oleaje de la respiración en su pecho y sin quitarle la vista la vio irse pensando quizás aquello de que, una mirada de esas hacia atrás, es la imagen que queda como promesa por siempre en la cabeza de cualquiera.

Efrén tenía exactamente los treinta años. El color moreno le cubría todo el cuerpo, pelo lacio, un empaque atlético de una escultura griega y la fuerza arrolladora de la juventud. Su modo de ser lo delataba como un muchacho serio, sencillo, alegre, con su alma libre a las canciones y al líquido dorado que tomaba ávidamente pero sin problemas. Todas las muchachas solteras trataban de cazar al más preciado y escurridizo espécimen masculino del pueblo. Era el primogénito de un modesto matrimonio de agricultores, nativos de la región, labores que compartía con sus padres y Eladio su hermano menor. Eran todos ellos el prototipo del campesino de las sabanas colombianas, apegados a la tierra.

Esta narración sigue...

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